James Alison. Theology

Fragmentos católicos en clave gay

Conferencia para el Ciclo Rosa, 4-6 de julio de 2004, Bogotá, Colombia

Es difícil para mí comunicarles el grado de honor y privilegio que siento al haber sido invitado por Uds. a participar de este ciclo de conferencias sobre “Fe y Diversidad Sexual” dentro del marco de las celebraciones del Ciclo Rosa 2004 y las festividades que marcan el orgullo gay en vuestra ilustre capital. Existen una serie de razones personales y muy sentidas por esta sensación. La principal es lo mucho que debo a esta ciudad y a este país en mi propio desarrollo como hombre gay. Pues mi primer intento de noviazgo hace veinticinco años fue con un paisa radicado en Londres, y fue unos meses antes, en esta ciudad de Bogotá, que me había aceptado por primera vez como gay. Es de aquellas experiencias que no se olvidan. Pues estando yo en un autobús en alguna parte entre la carrera 15 y la Avenida de las Américas el martes de la semana de Pascua del año de 1978, bajó una sorpresiva e inesperada flecha de alegría en mi alma. Esta invasión, este quedar embebido de gozo, la considero hasta la fecha un eximio regalo divino, sobre todo porque me sobrevino, de una manera que he aprendido a reconocer como típica, como respuesta de Dios a mis repetidas y adoloridas oraciones de adolescente torturado de que me cambiara en hétero, plegarias éstas que se habían redoblado en insistencia precisamente en la Semana Santa precedente. Para los pocos aquí presentes que tenían edad de conciencia en aquel tiempo, recuerdo siquiera la musiquilla insufrible que tocaba en los buses, muy cerca de la elección presidencial que ganó Julio César Turbay Ayala, la música de fondo de mi auto aceptación como hombre gay: ♫“Se vive, se siente, Turbay para Presidente (x2) Colombia está contenta, Turbay a la Presidencia (x2)”♫

Ahora, típicamente llegado a este punto se suele decir algo muy parecido a lo siguiente: ¡Cuánto no ha cambiado en estos últimos veinte y cinco años para que sea posible una conferencia como la presente, en el auditorio principal de una universidad pontificia, y con el magnífico apoyo de las instituciones de extensión cultural de Alemania, y del Reino Unido! Y es cierto, lo que ha cambiado en el último cuarto de siglo tanto para los gay como para los católicos, como para las autoridades de vuestro país, de Alemania y del Reino Unido, es incalculable. Pero con esto no se dice mucho. Yo quisiera partir por otro camino. Pues la razón de comenzar mi charla con un detalle autobiográfico vivido en vuestra realidad no era tan solamente aquella de brindarles un piropo, sino que quise destacar desde el inicio en este foro que al hablar de fragmentos católicos en clave gay no estamos hablando de ideas, ni mucho menos de ideologías, como tampoco de posiciones, ni mucho menos de posturas, sino de vidas vividas a lo largo del tiempo, y más especialmente de una creciente capacidad para la autobiografía, o sea, para narrar una historia de vida en tanto en cuanto creyente católico y persona gay, capacidad ésta que ha surgido en nuestro medio en estas décadas.

Quisiera observar también que sería seguir una trilla bien arada si presentara mi ruta desde el adolescente en el autobús de 1978 al adulto privilegiado con la palabra en este imponente auditorio como un progreso hacia un triunfo. Pero no sería cierto. Y ¡ojo! No estoy diciendo que me siento venido a menos por estar aquí. Nada más lejos de la verdad. Sin embargo la ruta que me ha permitido llegar hasta este punto es la de una serie de fracasos. Y lo curioso es que es en tanto en cuanto fracasado que he sido invitado a ofrecerles esta charla. Pues no hay fragmentos católicos en clave gay sin que sean los resultados de cierto quebrantamiento, de rupturas de vida. Y son ciertas destilaciones de estos pedazos de fracasado que Uds. van a oír. Y quien les habla ha fracasado como sacerdote, pues que yo sepa no hay obispo católico que se atreva a cubrirme con su manto; ha fracasado como teólogo, pues a pesar de mi absoluta ortodoxia en todo lo que dice respeto a Dios, a Cristo y los sacramentos, sería muy difícil que una facultad de teología católica pudiera ofrecerme empleo; ha fracasado como hijo, pues ni siquiera a mi papá, a quien acabo de enterrar, y que era un político evangélico conservador, podría convencerle de que tal vez su hijo estuviera hablando la verdad; y ha fracasado como esposo y amante, pues hasta la fecha, o sea, pasados los cuarenta años, no he sido capaz ni de desposarme con un marido ni de montar un hogar. Es por esto que estoy más profundamente agradecido a nuestros organizadores, pues se atrevieron a dar voz a un reincidente del fracaso.

Ahora mi motivo al ofrecerles este elenco de malogros no es para ganarles la simpatía por medio del lloriqueo espectacular de la diva trágica, sino todo lo contrario. Es sentar la base necesaria, porque verdadera, por lo que espero hacer con Uds. esta noche. Pues, muy contrariamente a lo que dicta el sentido común, propongo explorar con Uds. la posibilidad de un canto nuevo, y sacar algunas de las consecuencias, todavía fragmentarias, de este canto. El canto nuevo es, dicho sencilla, llana y escuetamente, el canto de la victoria. Y lo que voy a explorar con Uds. es de qué manera podemos, desde ya, habitar esta victoria, y cuáles son las responsabilidades que trae.

Ahora normalmente la primera línea de la primera estrofa del canto de la victoria es “¡ganamos!”, e implica una victoria sobre alguien. Un equipo de fútbol contra otro, un partido político en una contienda electoral, o un ejército en una batalla. Sin embargo, hablando en católico, la victoria no es así, pues aquellas victorias son todas ellas partidarias. O sea, ganan los de un lado, y pierden los del otro. Pero en la base de la fe católica existe otro tipo de entendimiento de la victoria. Es la de una victoria hecha por otro, a favor de todos nosotros, sobre la muerte y todos los poderes que de la muerte dependen, y es una victoria de cuyos frutos se nos convida a participar. O sea la primera frase del estribillo más que “¡hemos ganado!” es “¡Nos ha sido dado la victoria!”. Con esto viene la caída en la cuenta de que, por muy contrarias que parezcan las señales, se acabó el juego, y el único poder que tienen los que no lo aceptan es demorar, por medio de escaramuzas cuya futilidad es cada vez más patente, el pleno y pacífico gozo de la victoria. Los que saben que les ha sido dado la victoria, los que consiguen cantar “su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo” por esto viven en un espacio moral y espiritual totalmente distinto de aquellos que siguen con la lucha armada porque todavía no les llegó la noticia de la victoria, y que ya pueden deponer las armas.

Ahora quisiera sugerirles que es tiempo de que cobráramos conciencia de que se acabó el juego. Y este “se acabó el juego” toma una forma bien concreta y perceptible en nuestro medio. En un período de tiempo extraordinariamente corto ha cundido por el planeta, comenzando por los países de fuerte influencia occidental, pero extendiéndose lenta y seguramente también por los mundos orientales, islámicos y africanos, la comprensión de que sencillamente existe lo que nosotros llamamos la gente gay y lesbiana. Esta comprensión parece que no ha necesitado de líderes que la expliquen, ni han servido las ingentes cantidades de dinero y las energías que se ha desplegado para frenarla, sino que cada vez más emerge gente que se reconoce como gay, y también reconoce que no es un asunto en sí muy importante, y cada vez más la gente hétero con la cual convive esta gente está de acuerdo que alguna gente es así, y que no es un asunto muy importante. Y cada generación más joven tiene mayor dificultad en entender porqué algunos entre sus mayores tienen tanto problema con esto. Y cada generación de chicos héteros entiende mejor que el hacer la vida insoportable para sus compañeros de clase gay más bien que ser prueba de ser machote es un comportamiento indigno y señal de inseguridad en su propia macheza. Es más, cada vez más cunde, sin que nadie lo enseña, la sensación de que si alguien se ensaña contra los gay, algún problema tendrá él con respecto a su propia orientación sexual, pues el hétero seguro de sí no tiene necesidad de definirse por contraste con lo gay, y está tranquilo en la compañía de sus contemporáneos gay.

Ahora, déjenme llamar las cosas por su nombre. Este cambio que se está dando a nivel planetario está mostrando todas las señales de ser no una moda moral entre gente frívola, ni una señal de la caída de toda una generación en una decadencia inmoral, ni el resultado de una híper-sexualización de la realidad, aunque nadie niega el que se dé gente frívola, gente decadente y gente excesivamente sexualizada tanto entre héteros como entre gente gay. No. Este cambio se nos desvela como el colectivo caer en la cuenta de una realidad antropológica que sencillamente es así. Y punto. O sea, estamos de frente a un auténtico descubrimiento humano acerca de un detalle de quiénes somos esta raza curiosa.

No estoy diciendo que en otras épocas y en otras culturas se desconoció por completo elementos de lo que entendemos por lo gay. Por supuesto que no, aunque a mi juicio hay que frenar cierto romanticismo que ve en las conocidas relaciones entre hombres y jóvenes del mundo griego antiguo, un mundo de libertad gay. Pues estamos hablando de un mundo donde los comportamientos entre estas parejas eran muy estrictamente vigilados, y no se daban entre iguales, además de ser aquél un mundo donde las mujeres eran personas de segunda clase, y la mayor parte de la población eran esclavos, y por eso, no-personas, sujetos a los caprichos de sus amos. De la misma manera la conocida tolerancia, hasta hace poco, de las sociedades islámicas con respecto a las relaciones sexuales y amorosas entre varones iba pareja con un mundo donde la mujer vivía absolutamente aparte y sometida. O sea, estamos hablando allí de la homosexualidad circunstancial que siempre ha florecido por debajo de las aguas en sociedades con estricta separación de los sexos. Tampoco, a mi juicio, hay que dar demasiada importancia al hecho de que en no pocos grupos y culturas de las que solemos llamar “primitivos” se ha reconocido la presencia de personas cuyo comportamiento sexual no iba de acuerdo a su aparente biología, y se le han dado lugares de destaque como chamanes, o sacerdotes a esta gente. Esto sugiere que al hablar de la gente gay estamos hablando de gente “especial”, de gente que está de alguna manera más cercana a lo numinoso, a lo sagrado. La categoría especial de “eunucos” en el mundo antiguo, lejos de referirse a varones castrados, pues la mayoría de los eunucos no lo eran, tiene todo una serie de elementos en común con lo que denominamos “gay”, pero también estaba vinculado con lo sagrado y con el poder, y en el caso de la religión de Israel, era un impedimento al acceso al Templo.

Pero estoy hablando de una cosa mucho más banal y mucho más liberadora. El que nos estemos dando cuenta de que sencillamente hay gente que es así, lo cual no nos hace ni más ni menos capaces para realizar cualquier cosa, ni significa necesariamente que tengamos dotes especiales para dedicarnos a determinados papeles en la sociedad. O sea, el hecho de que seamos así no es parte de una marca especial, ni señal de una extraordinaria vocación divina, ni un impedimento para nada. Sencillamente es así, como la lluvia y las mareas y la existencia de personas zurdas. Esta toma de conciencia va pareja con el entendimiento de que la orientación sexual mayoritaria, ella también, no es destino, ni castigo, ni naturaleza sin más, sino fuente de crecimiento y de libertad, como también riesgo y posibilidad de fracaso.

Surge la pregunta ¿cómo hemos llegado a esto? Y a falta de una larga exposición histórica quisiera señalar nada más tres puntos. Por sorprendente que parezca, la curiosidad cultural en nuestra sociedad es la existencia de la heterosexualidad. Es a partir de fines del siglo XVII en Europa del norte que se comienza a crear el mundo heterosexual, o sea un mundo donde más allá de las relaciones sexuales para procreación o diversión y los matrimonios para fijar vínculos de propiedad y protección se comenzaba a insistir que personas del sexo opuesto tenían que vivir juntos, ser el mejor amigo, la mejor amiga, el uno de la otra, y demás. Es decir, entró en un cambio profundo el mundo principalmente monosexual de antes, donde hombres y mujeres vivían en diferentes esferas. Y con esto hubo un cambio profundo en las posibilidades emocionales en las relaciones entre personas del sexo opuesto. Pero al mismo tiempo, esto significaba que las personas a quienes nosotros llamaríamos gay, que habían coexistido sin sobresalir en casi nada en un mundo de afectividad muy fuerte, de amor, amistad y demás cosas por el estilo entre personas del mismo sexo, comenzaron a ser reconocidos como raros, porque no participaban de la creación del nuevo mundo heterosexual, y fue en aquél período que se dieron los comienzos de sitios y agrupaciones que son los antepasados de nuestros sitios de “ambiente gay”. Fue entonces como también hubo el inicio de toda la violencia policíaca que se solía dirigir contra estos sitios hasta épocas muy recientes. En mi país es notorio que las persecuciones contra la gente gay, que habían sido más escasas de lo que se suele imaginar en la edad media, y pocas al comienzo de la era moderna, aumentaban notablemente a partir de comienzos del siglo XVIII.

Pero este mismo hecho de la “heterosexualización” de la sociedad llevó a dos cosas: por una parte al comienzo de estudios de parte de médicos y científicos del por qué de esta gente rara, lo que llevó eventualmente a la invención del término “homosexual” en 1869 y finalmente al reconocimiento en la segunda mitad del siglo pasado de que sencillamente no existe ningún defecto psicológico que está presente en los gays y no en los héteros, y que tampoco hay ningún defecto en los héteros que no se encuentra también entre los gays. O sea, como lo demostró el famoso experimento de la Dra Hooker, si presentas el perfil psicológico completo y detallado de cien varones, de los cuales cincuenta son héteros y cincuenta son gays, quitando tan solamente la información del género típicamente preferido de cada uno de los cien, e invitas a los científicos que quisieran que escojan cuáles son los gays y cuáles son los héteros, no hay científico, por teorías que tenga acerca de las supuestas causas de la homosexualidad, que consiga ni llegar cerca de dividir los cien perfiles correctamente por orientación sexual.

El segundo punto es, a mi modo de ver, de mayor importancia, y corre parejo con el desarrollo que les he esbozado tan someramente. Es el creciente reconocimiento de la igualdad de derechos y dignidad de la mujer, y su creciente presencia en todas las áreas de vida que eran hasta hace poco espacios reservados para un solo género. Seguramente el hecho que estemos aquí, comenzando a poder hablar abiertamente de lo que no ha sido capaz de palabras, no se debe a la valentía de algunos varones. Se debe principalmente al hecho de que en el momento que las mujeres entran en los dominios que eran otrora clubes enteramente masculinos – pensemos en el ejército, la policía, los bomberos, los abogados, los políticos, y así por delante – comienza a caer el mundo monosexual masculino con sus típicas maneras de comportarse y de relacionarse entre sí los varones.

Recordemos que el mundo varonil monosexual es a la vez un mundo donde los gay no tienen voz, ni existencia teórica, pero donde sin embargo hay mucha presencia y actividades que nosotros llamaríamos “homosexuales”. Todo esto florece so capa del gran lema “no importa lo que haces, con tanto que no lo digas”. Este es el mundo del closet, el mundo donde el armario es el precio que se paga para la supervivencia. Y funciona bien y hasta misericordiosamente hasta el momento en que se comienzan a llamar las cosas por su nombre. Esto de llamar las cosas por su nombre ha sido el gran cambio antropológico recientemente: en el mundo monosexual de la generación que ha desaparecido no se podía dar nombre a las cosas, todo el mundo estaba de acuerdo en el que nadie podía decir “yo soy”, y se vivía de hecho lo que el ejército gringo bautizó con el término “Don’t ask, don’t tell” o sea “A nosotros nos es vedado preguntar si eres o no, y a Uds. les es vedado declararse”. El problema para los artífices de aquella política de disciplina militar es que mientras se comportaba así en el pasado sin saber lo que se estaba haciendo, el sistema era hasta misericordioso. Pero en el momento en que se sabe lo que se está haciendo, o sea, cuando se está imponiendo un orden de silencio sobre lo que se comienza a poder hablar naturalmente, entonces lo que funcionaba como elemento de protección en un mundo reconocidamente violento se transforma en tiranía y abuso, obligando a la deshonestidad, lo cual va absolutamente en contra del bienestar y del florecimiento humanos, pues el derecho a la honestidad es inajenable.

Pero, repito, ha sido el comienzo de que las mujeres gocen de igualdad de circunstancia con los varones el que ha llevado a que los propios varones se den cuenta, no sin mucho dolor y gran resistencia, de que su manera de agruparse no era definitiva, y que el ser masculino iba a sobrevivir la toma de conciencia de que algunos de sus partícipes no son masculinos de la misma manera. La experiencia lo vivió un conocido mío en Inglaterra, un funcionario del Ministerio del Interior, a quien le tocó, por motivo de un cambio en la legislación vigente, obligar a un grupo de bomberos renuentes a aceptar la presencia de mujeres bomberas en su corporación. Por supuesto, nadie es más macho que los bomberos. Pero a poco tiempo de estar presentes las mujeres, el grupo comenzó a percibir quien de su grupo de siempre era gay, pues naturalmente las mujeres trabaron amistad con los que no representaban la amenaza de una presión erótica hacia ellas. Y por supuesto, para las mujeres, era obvio quien era gay y quien no, y además, no era motivo de escándalo. Y poco a poco los otros varones aprendieron a manejarse dentro de la nueva realidad sin que se derrumbase por completo su capacidad para la convivencia macha.

Mi tercer punto en la explicación de cómo hemos llegado aquí, o sea, cómo es que nos encontramos en la extraña posición de poder cantar la victoria bien antes que todas las escaramuzas finales se hayan agotado es un punto más estrictamente teológico. Lo que está en el fondo del proceso de llegar a reconocer sin más el hecho antropológico de que sencillamente existen algunas personas cuya orientación sexual y emocional es hacia los del propio sexo, un dato antropológico que no es en sí un asunto moral, sino a partir del cual comienzan a vivirse vidas con entereza moral, lo que está en el fondo de esto es un hecho teológico de importancia incalculable. Para reducirlo a breves palabras, lo llamaría “la revelación de la víctima inocente”.

Déjenme explicar. En el centro absoluto del entendimiento cristiano es el hecho de que hace dos mil años un hombre fuera ejecutado de manera humillante y cruel como subversivo, blasfemo e inmoral. Lo juzgaron así los representantes más altos de las mejores fuerzas de orden religioso, militar y político de la época, o sea los representantes de la formidable ley romana, y los encargados de mantener la Ley Divina dada al pueblo judío. Y sin embargo, Dios no estaba presente como respaldo a la ley del imperio, y Dios no estaba presente como garante de la Ley Divina. Dios estaba presente como víctima de la complicidad de las dos. Cosa que no se llegó a entender hasta tres días después, cuando la resurrección de Jesús permitió entender por primera vez con completa nitidez la absoluta falta de implicación de Dios en la violencia religiosa y política humanas.

¡Extraña religión! Donde el icono principal de Dios en el escenario principal por el cual le conocemos no es ni el sacerdote, ni el legislador civil, sino la víctima de ambos. Y es extraña esta religión porque tiene como punto de partida el que estas máximas autoridades estaban totalmente equivocadas al condenar a Jesús. Las acusaciones contra él eran totalmente falsas, y por esto queda completamente revelado el mecanismo de la mendacidad que lleva a tildar a alguien de culpable para “el bien de la nación”, o para que “el grupo no corra peligro”. Los que no sabían lo que hacían pensaban que estaban haciendo algo bueno al perseguir al inmoral, pero resultó ser todo al revés: el inmoral era inocente, era el propio Dios, y la bondad de los “buenos” no pasaba de una vulgar conspiración violenta. ¡Extraña esta religión! por otro motivo también. El mismo hecho de que el icono principal de Dios en el escenario es la víctima falsamente acusada sirve como elemento radicalmente desmitificador y subversivo de la supuesta “bondad” religiosa” y el supuesto “orden” cívico. O sea, desde el momento en que aprendimos que la imagen típica que reviste Dios en nuestro medio es la de la víctima inocente, queda radicalmente relativizada nuestra creencia en la manera de construirse el orden social nuestro y en su supuesta bondad. Queda para siempre bajo una sospecha sana la confabulación de fuerzas religiosas y políticas para tildar a algunos de inmorales y peligrosos. Hemos aprendido como funciona la mentira acusadora y como tiende a llevar a la persecución de gente inocente. Hasta tenemos unas palabras muy buenas para señalar que alguien es una víctima inocente falsamente acusada para la conveniencia de los que tienen el poder de hacerlo desaparecer. Las palabras son “chivo expiatorio” y en buen castellano del Nuevo Testamento esta noción es idéntica a la de “Cordero de Dios”.

Es por este motivo que en el mundo cristiano tanto el ejercicio del liderazgo político como el ejercicio del liderazgo religioso siempre van a ser problemáticos, pues siempre existe el recuerdo de que Jesús no era ni sacerdote ni rey en el sentido normal de la palabra, y que los que aparecen en el escenario en el papel de Caifás, como los que aparecen en el escenario en el papel de Pilatos o César siempre son de sospecharse. Y es en esta escisión, esta incapacidad, divinamente dada, de aceptar que se sacralice ni el poder religioso ni el poder político, de donde emana la libertad nuestra como cristianos, y como hijos de la tradición cristiana.

Ahora bien, Uds. percibirán muy bien por donde voy yo. Quisiera señalar que el descubrimiento de la normalidad y hasta la banalidad del hecho de que alguna gente sencillamente es gay, y que alguna gente sencillamente es lesbiana, y el hecho de que esto no obedezca ni al pecado, ni al desorden, ni al vicio, ni a fracasos de los papás ni a ingerencias de espíritus malignos, es fruto absolutamente típico del proceso de revelación cristiana. Pues aprendemos a desmitificar las propias mentiras acerca de quiénes somos, las que nos permitían construir identidades “fuertes” y “naturales” por contraste con otros “inmorales” y “antinaturales” y aprendemos a descubrir que aquellas acusaciones eran sencillamente falsas y que la gente gay no era ni más ni menos inocente que todos los demás, pero esto sí, que han sido chivos expiatorios útiles a lo largo de los siglos para ser sacrificados cuando la sociedad se ha sentido bajo amenaza. O sea, el proceso por el cual hemos llegado a entender la sencilla existencia antropológica de lo gay sigue exactamente el mismo cauce que el proceso por el cual hemos llegado a entender el mundo real al dejar atrás creencias supersticiosas. La superstición, por ejemplo, impedía entender el funcionamiento del clima al atribuir poderes extraordinarios a ciertas viejas feas, tenidas como brujas, y que eran fácilmente desechables cuando se necesitaba castigar a alguien por una cosecha mala, o una inesperada granizada. Fue únicamente cuando se dejaba de creer en la falsa culpabilidad de las brujas que llegaron a ser posibles las preguntas que llevaron al entendimiento de la meteorología.

Si esto les suena a complicado, lo mismo existe en una versión absolutamente sencilla, que lo entiende fácilmente cualquier cristiano, o quien quiera haya escuchado la historia y las parábolas de Jesús. Cuando las autoridades religiosas truenan contra los gay, y las autoridades políticas se revisten de “moralidad” para hacer “limpieza”, hasta el gay, o la lesbiana, o el travesti, o el transgénero menos letrado sabe muy bien que así no era Jesús. Que Jesús se comportaba de manera totalmente distinta de esto, más bien regocijándose con “pecadores” y marginados, y que él también fue víctima de la “bondad” oficial. Y por supuesto, es la gente que entiende esto que ha entendido el Evangelio y el camino hacia la libertad, y es esta gente a quién se está destrabando la conciencia. Y una vez que Dios comienza a quitar las ataduras de conciencia que vienen por las falsas acusaciones, o sea, una vez que el Espíritu Santo ejerce su función de Paráclito, quiere decir de abogado defensor, ya no hay autoridad religiosa o política que pueda frenar esto, por mucho que quisiera.

Ahora, este tercer punto viene como conclusión de mi tentativa de explicar porque el canto ya es de victoria, aunque las fuerzas que no quisieran reconocerlo sean fuertes, ricas y empeñadas, y que las escaramuzas que han de lidiar antes de pasarse a otro campo de batalla serán muchas y feas. Pues no es tan sólo el hecho de que estamos delante de un descubrimiento antropológico, o sea de una cosa que sencillamente es así. Sino que es mucho más: este proceso de descubrimiento antropológico ha seguido exactamente el cauce que el evangelio propone, hasta el punto de que los más escandalizados por el descubrimiento, y los que más se aferran a su intento de mantener un pensamiento de acusación moral en vez de percibir lo que es, son personas religiosas. Tal y como nos enseña el Evangelio. Y lo más humillante es que una cosa que sí se sabe es que los descubrimientos antropológicos de este tipo, una vez hechos, son irreversibles. Y toda tentativa de borrarlos, de echar marcha atrás, es volver a crear víctimas en nombre de un sagrado y de una bondad, ficticios; o sea, es ir exactamente en el sentido inverso al del evangelio.

Pues bien, llegados a este punto, quisiera hacer unas observaciones acerca de cómo vislumbrar las cosas desde esta extraña posición, netamente cristiana, de que la victoria ya se ha dado, es irreversible, y que nosotros estamos desde ya comenzando a vivir sus frutos, pero que sin embargo esta victoria ha despertado la ira del reino de este mundo que está furioso por la pérdida de una fuente hasta ahora muy rica de víctimas para mantener sus juegos de poder y mendacidad.

Y mi primera observación es ésta: importa muchísimo la actitud que tengamos frente a los que nos son contrarios. Importa mucho más nuestra actitud para con ellos que la actitud suya para con nosotros. Es por esto que he buscado darle consistencia a la noción de la victoria ya conseguida con escaramuzas aún dándose y aún por darse. Hay una fuerte tendencia entre nosotros, como es absolutamente normal, de caer en un discurso victimista. Este discurso viene de gente que se siente víctima y me imagino que todos, seamos gay o negros, o mujeres, o lo que sea, hemos pasado por la tentación de imaginarnos a nosotros mismos como víctimas. En el imaginario victimista existe un “ellos” muy poderoso y fuerte que vive tramando maliciosa e ingeniosamente nuestra destrucción, y nosotros somos los pobres inocentes que estamos siendo atacados por el peso de tanta malignidad. El problema con este imaginario, sea lo que fuere la situación real, es que halaga demasiado a mi sentido de ser sagrado, y lleva muy fácilmente al vicio de que yo siga buscando a enemigos poderosos para denunciar sus atrocidades porque es la manera que yo tengo de sentirme importante, o hasta de sentirme existente.

Peor aún, este imaginario victimista en la verdad mantiene una complicidad profunda con las fuerzas que le son contrarias, pues las dos partes necesitan la una de la otra para seguir con su retórica y su discurso. La facilidad, por ejemplo, con la cual cierta gente, y principalmente gente no creyente, permite que la jerarquía de la Iglesia católica invada a su imaginario, para poblarlo de fuerzas nefastas e inquisitoriales, y por esto se sienten buenos y heroicos al criticarla y amenazarla con el puño, me es motivo de gran tristeza, pues esta gente es la que está dando más cuerda a una retórica y unas políticas moribundas, pues permite a las instancias eclesiásticas presentarse, ellas también, como “víctimas heroicas e inocentes de terribles ataques proferidos por gente que desprecia el evangelio y la Iglesia”, lo cual les permite esquivar una vez más la cuestión de si o no su enseñanza se basa en la verdad, y posponer una vez más el tener que enfrentarse a la propia realidad interna de su estructura clerical.

Les doy un ejemplo gráfico, tomado de la Ciudad de México el año pasado, poco después de lanzado el documento del Vaticano atacando a matrimonios del mismo sexo. Un grupo gay, principalmente organizado por no creyentes, pero con algunos creyentes colados, porque no encontraban otra manera de expresarse, hizo, con gran alarde y llamando a la prensa, una protesta en la puerta de la catedral en horas de una misa principal celebrado por el Cardenal. Ya habían avisado previamente a las autoridades de la catedral qué es lo que iban a hacer. De modo que llegaban con protesta y bullicio a la puerta de la catedral para hacer la protesta y para entregar una carta, de contenido público, mostrando su rechazo al documento del Vaticano y a las posiciones de la Iglesia. Y esto permitió al Cardenal salir a recibirles para hacer, al vivo en la televisión un pequeño discurso sobre la misericordia que tiene la Iglesia para con sus hijos gay y sus hijas lesbianas, y como no los rechaza sino que recibe su carta con corazón de pastor, u otras palabras semejantes. Pues, como pueden imaginar, en términos televisivos, esto representa 3-0 favor Cardenal Norberto, pues él parece en público como el bondadoso y el misericordioso, y los que protestaban parecían estridentes y estrafalarios. Y lo peor es que la tal misericordia no pasa de una ficción para mantener a distancia a los gay, tratándolos como “pobrecitos con problemas”. Los que organizaban la protesta sin duda se sentían muy heroicos por estarse enfrentando con el tigre de papel eclesiástico, y además por aparecer en televisión y lo demás, mientras en verdad le estaban entregando al tigre de papel unos metros más de cuerda para seguir con sus rugidos aparatosos, pero ineficaces. Los demás pagamos alto el costo de semejante auto-indulgencia.

En el fondo el problema con el imaginario victimista es que no sólo es un discurso de derrotado sino que necesita no haber ganado, pues al haber ganado, tendría que comenzar a tomar responsabilidad moral tanto en el ejercicio de su propia libertad como por su manera de tratar al otro que está en vías de perder. Prefiere la intachable santidad de la oposición perpetua, y por eso tiene interés en mantener vivo el conflicto.

Pero si lo que les vengo diciendo es verdad, ya es hora que dejáramos atrás este imaginario victimista, pues lo curioso es que, sin que sea por mérito nuestro, la victoria se ha dado. Y en vez de ser los que estamos en oposición perpetua, nos toca comportarnos con la serenidad, dignidad y magnanimidad que caracterizan a los dueños de la situación, o sea, en buen castellano del Nuevo Testamento, como hijos e hijas, herederos y herederas. Y esto es digno de que paremos y consideremos un poco las consecuencias de pensar con el imaginario de hijo o heredero. En primer lugar, significa que estamos con la posesión pacífica de algo que no nos puede ser quitado, aunque nos maten. Y quien tiene la posesión pacífica de algo puede, desde ya, comenzar a pensar en cómo le gustaría desarrollar esta herencia suya perdurable. Y por supuesto, quien tiene la posesión pacífica y no teme perder lo que le ha sido dado ya no mira con los mismos ojos a los que siguen en batalla intentando por todos los medios insistir que aquello no puede ser, pues ellos no son amenaza verdadera, sino motivo de compasión.

Dicho esto, la primera y más importante pregunta para nosotros no es ¿cómo vamos a enfrentarnos a los que nos son contrarios? Pues esta actitud muestra demasiada dependencia de aquellos cuya posición ya está en vías de esfumarse. La primera y más importante pregunta es ¿qué es lo que queremos hacer? Siendo personas gay o lesbianas, con la libertad de hijos e hijas de Dios, ¿rumbo a dónde queremos llevar la aventura de descubrirnos seres amados y capacitados para crear un mundo mejor para nuestros semejantes y para nosotros mismos? Y esto, diría yo, es la pregunta más difícil para nosotros, pues el darnos cuenta de nuestra libertad y de nuestro poder y aceptar la responsabilidad para crear algo es un desafío mucho mayor que el de quedarnos en escaramuzas con lo que queda de las fuerzas derrotadas que todavía no han aceptado su derrota.

Y aquí me parece que tenemos que cobrar conciencia de nuestra responsabilidad, como de hecho muchos lo están haciendo. ¿Queremos que haya un cambio en la legislación civil para permitir que nuestras relaciones de parejas tengan las mismas responsabilidades y derechos civiles que las parejas héteros? Lo doy por sentado. Pero, dejando aparte nuestra contribución al debate y al proceso políticos que se están desembocando en esto ¿De qué manera estamos dedicando nuestro tiempo, energía, imaginación y creatividad a la creación de una cultura católica donde florece y se propicia la posibilidad de parejas estables, duraderas, con ayudas para las dificultades que se han de presentar, como se presentan entre parejas héteros? En lo religioso ¿Queremos que la autoridad eclesiástica deje de patalear contra el viento, tirándonos piedras? Lo doy por sentado. Pero dejando aparte nuestra contribución al desmentir las falsedades que nos atribuyen ¿de qué manera estamos construyendo comunidades con una vida litúrgica rica donde aprendemos a celebrar y a festejar la manera en la cual el propio Dios se deleita en nosotros y nos hace corte, comunidades que desarrollarían maneras de testimoniar la presencia de parejas comprometidas y casadas como parte de su contribución a la vida del grupo? Y por supuesto, sin preocuparse de sí o no haya sacerdotes presentes de forma declarada, pues la celebración de hacer público el compromiso de casados depende de los que se comprometen, y muy secundariamente del testigo eclesiástico, que durante largos siglos no ha sido ni sacerdote ni diácono.

Ya es conocida la manera por la cual los gay han reaccionado frente a la pandemia del SIDA – generalmente, según los estudiosos sociológicos que miden tales comportamientos, muy, muy bien – organizándose, informándose, haciendo efectivas campañas de prevención, cuidando de los enfermos, no abandonando a sus parejas enfermas, comportamientos que si no se tratasen de los maricas, serían ampliamente premiados con discursos públicos y reconocimientos civiles. Pero, en medio de una creciente ola de prostitución varonil ¿qué vamos a hacer para integrar a los trabajadores sexuales en nuestra comunidad, ofreciéndoles acceso a una cultura, una educación y una capacitación para entrar en otras áreas del mercado de empleos? ¿Qué hay de más católico que eso? ¿De qué manera vamos a contribuir a que la vejez de los gay y las lesbianas sea parte rica y fructífera de la cultura humana? Son tareas por asumirse.

Bueno, no quisiera extenderme demasiado, pero sí subrayar la pregunta. El primer y más importante desafío no es unirnos en contra de un imaginado enemigo externo, lo cual es demasiado fácil, sino aprender a unirnos de forma creadora, atrevida y dotada de rica imaginación para instalar una cultura y unas posibilidades de vida inimaginables desde la posición victimaria. Este es el desafío católico gay que aun se vive demasiado fragmentariamente en nuestro medio.

Pero sería una falta de mi parte no ofrecer también pistas acerca de cómo no dejarse llevar por las provocaciones a escaramuzas que han de venir. El que goza de la posesión pacífica de su herencia no necesita dejarse llevar por las provocaciones. Más bien está en una buena posición para tener inmensa misericordia y compasión para con los que siguen luchando vana e inútilmente en su contra, pues a estas personas les sacude y les agita aún las fuerzas en desaparición de un mundo de orden sagrado en vías de desvanecerse delante de la revelación de las hijas y de los hijos de Dios.

Y es desde esta perspectiva que quisiera pedir que reconsideremos nuestro imaginario de la autoridad eclesiástica. Ellos no son enemigos nuestros. Son nuestros hermanos, muchas veces atrapados por fuerzas que sería difícil que imagináramos, a nivel tanto de conciencia, como de condiciones de empleo, como de falta de apoyo, como de tener que hacer las paces entre grupos de voz muy fuerte pero de miembros muy temerosos, y además el peso de que siempre están en la mira de quien les delate a Roma por esta u otra falta contra la fantasía de lo que debería ser la Iglesia que tiene en la cabeza este u otro grupo de miembros estridentes y convencidos.

En vez de darnos el lujo auto-indulgente de atacar a esta autoridad, tratando como enemigo feroz a lo que no pasa de un tigre de papel, quisiera sugerir que gastemos un poco de tiempo en relativizar nuestra imaginación al respecto. En primer lugar, no nos engañemos: no hay ejemplo en la historia del mundo de auténtico descubrimiento antropológico irreversible que no haya tenido que enfrentar una resistencia férrea y cruel de fuerzas casadas con lo sagrado del pasado. Y esta es una realidad antropológica, no una especialidad de la Iglesia. Es exactamente lo que profetizó Jesús y lo que repitió san Pablo: la tendencia del Evangelio es escandalizar a los de estricta religión. Y esto se traduce en términos antropológicos en lo siguiente: si privas de su muleta a un grupo que ha dependido de esta muleta, si le quitas su víctima conveniente que se sacrificaba en momentos de tensión para conservar un falso sentido de pertenencia y seguridad grupales, la típica reacción del grupo será escandalizarse, y los escandalizados pasan rápidamente a la ira ciega y violenta. No es por nada que Jesús haya dicho “Bienaventurado aquél que no se escandaliza ante mí”, pues lo normal es escandalizarse ante él. Y esto significa que cada vez más nos acercamos al completo reconocimiento y aceptación públicos de que los gay somos gente sin más, y no somos parte mágica y victimaria de un mundo sagrado como en el pasado, cada vez más estridente será la ira desatada. Mientras se seguía tolerando y de vez en cuando victimizando, pero manteniendo todo bajo silencio en el pasado, no era necesaria la estridencia y la ira contra los gay. Pero en el momento en que se le retira la víctima de sus fauces, la ira crece sobremanera. Y se vuelve más cruel. Pero no nos engañemos: la misma estridencia de la ira sirve para enmascarar la debilidad de perdedor que hay por detrás, y significa lo que ya sabemos, que nunca la oscuridad es más densa que en los nano-segundos antes de la aurora.

Bueno, pues si esto es así, entonces les pido considerar que en toda sociedad y cultura por el planeta va a haber, y ya se está dando, una reacción visceral de gente que teme la pérdida de su mundo por el hecho de que se les está retirando una víctima tradicional. Y esto significa que en toda cultura y sociedad la reacción antropológica frente a la pérdida de la víctima tradicional va a ser semejante. Y lo más probable es que esta reacción violenta se encauce por el sistema religioso y político de aquella sociedad. O sea, los que se encontrarán dando voz a aquella violencia serán los líderes religiosos y los políticos que suelen aliarse con tales. Y esto independiente de cuál religión. Habrá un equivalente funcional en cada lugar. Los evangélicos de línea dura aliados con elementos del partido Republicano en Estados Unidos, los mullah junto con políticos cínicos que quieren apaciguar a los fundamentalistas para mantenerse en el poder en países islámicos, el rabinato ultra-ortodoxo en Israel, la jerarquía ortodoxa junto con las fuerzas más nacionalistas en los países eslavos, las fuerzas del hinduismo radical con los políticos que de ello dependen en la India. Y por supuesto, para llegar más cerca de casa, la jerarquía católica con fuerzas de derecha en países como éste donde, sea lo que sea la exacta relación entre Iglesia y Estado, es aprovechándose de la estructura de la Iglesia Católica como va a desembocarse más visiblemente esta ira.

Ahora, dicho esto, les propongo tener mucha misericordia para con nuestros hermanos cuyas almas están en juego por su manera de gerenciar este proceso de navegar la ira hasta que se aplaque y desaparezca, o se fije en otro tema, cosa que tarde o temprano seguramente pasará. No hay que ser fuertes con los débiles. Visto que tendremos que soportar esta ira por un poco de tiempo más, y que lo tendríamos que soportar sea cual fuere la principal institución religiosa de nuestro país, quisiera sugerirles que les es una ventaja extraordinaria el que sea una jerarquía católica la que ocupa el principal puesto cultural en vuestro entorno. Y de esto tenemos por qué regocijarnos. Pues a diferencia del liderazgo evangélico de Estados Unidos, o del liderazgo islámico en Arabia Saudita, o del liderazgo Hindú en la India, donde es bien posible que los que encabezan los ataques contra los gay creen de verdad no conocer que hay gente gay a su alrededor y hasta en sus consejos más íntimos, a diferencia de esto no hay quien finja la inexistencia de una fuerte presencia gay, actualmente, y siempre en el pasado, en el seno de la estructura clerical católica. O sea, en vez de hacer la crítica facilona de siempre a la conocida doble moral del clero en esta materia, burlándonos de la hipocresía que es un secreto abierto por lo menos en todos los países que me ha tocado conocer ¿por qué no buscar maneras de tenderles puentes?

Una manera de hacer esto en vez de dejarse provocar por las estridencias que ciertamente saldrán es de seguir insistiendo muy tranquilamente en que el único asunto que vale la pena discutir en esta materia es lo siguiente: o bien los gay sencillamente son así, o bien el ser gay es de hecho una manera defectuosa de ser heterosexual. Si lo primero es verdad, entonces cae toda la argumentación eclesiástica en esta materia, pues toda su argumentación depende de la premisa de que el ser gay es una manera defectuosa de ser heterosexual. Si lo segundo es verdad, entonces toda la enseñanza eclesiástica al respecto sigue vigente. Sin embargo, día tras día, por estudios empíricos y evidencias de vidas vividas resulta cada vez más insostenible la segunda premisa, y cada vez más probable la primera. Y es notable que la autoridad eclesiástica ni se preocupa por intentar de demostrar lo verdadero de su premisa. Busca nada más subrayar y enfatizar lo tradicional de las consecuencias que se han tirado de la premisa, las que no convencen a nadie que no trague la premisa. Y desde que es inmoral actuar siguiendo una premisa que se conoce que es falsa, esto significa que resulta cada vez más probable que es inmoral dejarse guiar por la caracterización subyacente en toda la enseñanza eclesiástica en esta materia.

Bueno, no hay que ser un genio para entender esto, y por supuesto es exactamente la creciente toma de conciencia de esto la que está produciendo una presión interna, una crisis de conciencia y de desmoralización dentro del seno del propio clero, pues se encuentran entre la cruz y la espada de una caracterización falsa que les atañe a muchos muy de cerca y de la cual depende su empleo, y la conciencia de que su alma depende de que alcancen la honestidad que pueden ver floreciendo alrededor suyo con cada vez mayor visibilidad.

No es por nada que existen insistentes tentativas por parte de diversas conferencias episcopales de elaborar una pastoral para la gente gay, con todo lo que esto significa de buena voluntad. Y no es por nada que estas tentativas fracasan frente a la imposibilidad de desarrollar una pastoral honesta basada en una premisa falsa. Pero esto es el problema que ellos tienen, un problema interno de su discurso de ellos, el que los ata. Nuestro problema, si es que amamos a la Iglesia Católica y queremos su bien es ¿cómo ayudar a nuestros hermanos a resolver este problema interno a ellos desde el lado de los que estamos aprendiendo a vivir en la verdad, desde el otro lado del río Jordán?

¡Si tuviera la respuesta para esta pregunta! Y por supuesto, no la tengo aún. Pero ciertamente la encontraremos, pues Dios les ama como ama a nosotros, y ciertamente no quiere que ellos vivan debatiéndose en medio de la ira que acompaña el que se haya retirado del juego una víctima sagrada de la cual dependía mucho la estructura eclesiástica. Una pequeña y débil sugerencia tengo nada más, y con esta terminaré.

Mi sugerencia regresa a mi punto de partida: a lo imprescindible que es lo autobiográfico, la capacidad para narrar la historia de mi vida, en el proceso de llegar a la libertad y a la verdad. Una de las cosas más importantes en la vida cristiana es el poder contar la historia de cómo fui encontrado por Aquel que tuvo misericordia de mí y me ama, y me sigue amando, y apapachando, y gustando de mí, y como me la regué grandemente en esto o lo otro, pero como su amor fue y es constante y me recrea y me da el ser y el pertenecer al reino con miríadas de hermanos y hermanas. Y una de las cosas que en teoría ha sido imposible hasta recientemente ha sido contar una historia cristiana gay donde lo gay era parte constitutivo del gozo, del apapacho, de la libertad y del crecimiento. Pero si es verdad lo que les he dicho, si el Espíritu Santo ha caído sobre nosotros tal y como somos, y si nos está dando la capacidad para cantar la canción auténticamente cristiana, no resentida, no reactiva, sino creadora y victoriosamente, si esto es cierto, entonces conviene que pongamos una fina atención al desarrollar y contar nuestras historias, hacerlas asequibles, no a fuerza, pero como testimonio tranquilo de amor que convidará a personas sedientas de verdad hasta en el mundo clerical, a personas que viven tantas veces privadas de una capacidad para la autobiografía, pues contarla y dar testimonio sería reconocer lo positivo de cosas prohibidas.

De modo que emprendiendo y aprendiendo la autobiografía cristiana como tarea sagrada y fraterna de dar testimonio de lo que el Señor ha hecho por mí, y por nosotros como creyentes gay y lesbianas y sus amigos y seres queridos, tal vez sea, en este momento una de las maneras por las cuales podemos soplar para avivar la llama de los pabilos vacilantes e inyectar de fuerza a las cañas cascadas. De esta manera podremos ayudar a nuestra amada Iglesia a que todos juntos naveguemos por estas aguas peligrosas de la ira sagrada que tantas veces parecen amenazar su misión, pero de las cuales siempre al final sale libre y más católica.

Quisiera reconocer con inmensa gratitud la ayuda del Padre Carlos Ignacio Suárez OSB de Medellín en la corrección del castellano de este texto. – JA.