James Alison. Theology

De vuelta al perdón: la victoria como reconciliación

Esta charla corresponde al capítulo 3 de On Being Liked y es el primer capítulo del tríptico de ensayos sobre la redención que se encuentra en aquel libro.

Voy a proceder aún más a tientas de lo que suelo hacer. [1] Quiero debatir un poquito en su compañía con una dimensión de la comprensión de la obra salvadora de Cristo que creo insuficientemente tratada en una fe corroída por la teoría de la redención sustitutiva. En términos un tanto provocativos, se trata de una búsqueda de una antropología rigorosa del perdón.

Me gustaría comenzar con una duda que me queda después de mi libro reciente Una fe más allá del resentimiento: fragmentos católicos en una clave gay. Mi intento en el libro había sido crear un espacio dentro del cual la gente gay podría aprender (y eventualmente, y siguiendo la norma de que el predicador es el último en oír su propia homilía, que yo mismo pudiera aprender) qué es lo que significa el poder perdonar a los que nos odian, y qué sería el llegar a ser libres del resentimiento hacia los que nos persiguen. Dicho de otro modo, una tentativa más o menos franca y directa de entender aquellas partes claves del sermón de la montaña en sus implicaciones para la gente gay y lesbiana.

Pero ¿no sería posible decir lo siguiente? “Está muy bien el intento de vivir más allá del resentimiento. Sin embargo ¿no es el caso que el mero acto de presentar algún tipo de oferta pública de perdón es en la realidad un tipo de acusación más bien sutil? ¿Tal vez sea de hecho una manera particularmente colmilluda de vengarse, el ofrecer tal perdón? ¿Una manera un tanto beata de decir a la gente que esperas que caerán en la cuenta de su error?

Pues bien, me gustaría dejar a un lado si ésta es o no es una descripción acertada del libro, puesto que el autor necesariamente tiene un campo de visión algo limitado de su propia obra, y el autor que les habla tan sólo les puede decir que si la descripción atina, entonces ¡me han pillado justo donde no querría! En vez de seguir por allí, me gustaría tratar la duda acerca de si el perdón no pasa de una forma bien enmascarada de la venganza en base al punto teológico muy interesante que creo que es. [2] Poniendo las cosas en su forma breve, es, me parece donde entran en conflicto Nietzsche y Girard. Y allí donde Nietzsche y Girard entran en conflicto es, me parece, el lugar donde se está forjando la teología actual. De modo que me gustaría utilizar esta duda como punto de arranque desde el cual trabajar con Uds. si el perdón es en verdad posible, qué forma tiene, y por qué esto ha de informar a nuestra inteligencia de la salvación.

En primer lugar, déjenme señalar dónde la duda está absolutamente acertada: el decir a tus perseguidores que los perdonas y esperas que algún día hayan de ver lo equivocado de su camino es una suerte de retaliación, es de hecho un agarrar el terreno alto de la moralidad inexpugnable, y como tal forma parte del mundo de reciprocidad violenta e identidades formadas por contraste la una con la otra que, lo doy por sentado, hace imposible el Reino del Cielo. Lo interesante es que es el acto de decirles que los perdonas que sea el acto de represalia, y como es el caso con todos tales actos de represalia, y especialmente los librados por alguien débil contra alguien fuerte, su efecto principal recae sobre aquél que lo hace, y no sobre aquél contra el cual se está haciendo. O sea, significa aquí que su efecto principal es sobre aquél que perdona, y no sobre aquél que estaría siendo perdonado.

De forma que tenemos el tipo de situación que imagino que sea reconocible por todos nosotros, que existe una especie de auto-apropiación petulante en el acto de un decirle retributivamente a alguien que lo. Este decirle a un perseguidor que lo perdono conduce, en verdad a una forma de hacerme el justo en mis propios ojos, y lo hace de tres maneras vinculadas entre sí. En primer lugar, en el acto de pronunciar el perdón estoy aseverando un tipo de poder contrario a los hechos, haciendo un reclamo por contraste con el perseguidor, y este reclamo está diciendo: “Te rechazo completamente a ti y al trasfondo desde donde estás obrando, tan completamente que puedo volver la espalda y no tomarlo en tu contra. No me mueven las mismas cosas que te mueven, de modo que, por débil que parezca mi situación, de hecho puedo permanecer tan exterior a tu mundo de valores y actitudes como Dios, y como tal puedo pronunciar el perdón hacia ti.” Ahora noten por favor que aquí la pronunciación del perdón es el disparo de salida de un acto de auto-encerrarse herméticamente en la santidad. Y por eso está vinculado al segundo sentido en el cual el acto de decirle a un perseguidor que lo perdono es una forma de hacerme el justo en mis propios ojos: es una manera de cortar un lazo y darle la espalda al perseguidor, diciendo: “No soy como tú. Mi acto de perdonarte es mi manera de decir que nunca más me contaminarás”. O sea, es un desquite de despecho mientras extiendo una máscara mojigata de apariencia beata hacia el perseguidor. El tercer sentido, vinculado a esto, es que tomo como propio el lugar de la víctima, soy el santo, el parecido a Dios, y el que te pueda perdonar depende de mi identificación absoluta y sin ambigüedad con esta figura santa. En breve es una afirmación de haber trascendido la ambivalencia y la ambigüedad, y por eso de ser una forma de la imposición de la verdad.

En todo esto, me parece que la sospecha nietzscheana de que el perdón sea sin más una máscara para un resentimiento insípido, el arma preferida de los perdedores, tiene razón, y que hay que insistir en ella. Me pregunto también si no arroja una luz interesante sobre la redención sustitutiva y sus efectos sociales. Puesto que, si esto es lo que significa el decirle a alguien que le perdonas, entonces el decreto de perdón que resultó del extraordinario negocio tras bastidores entre el Padre y el Hijo emerge a la luz cuando Jesús dice “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y no es más que una expresión resentida de la debilidad divina exteriorizando un rencor contra el poder y la brutalidad continuos del mundo. Y significa que el papel de la casta clerical en mantener aquel perdón llega a ser uno de vivir esta expresión resentida de debilidad mojigata haciendo las veces de la víctima mojigata que pronuncia el perdón, pero sin dejar de vivir como parásito del poder brutal contra el cual se tiene que pronunciar el perdón continua e inútilmente.

Ahora me gustaría explorar con Uds. por qué creo que la sospecha nietzscheana, mientras sea una crítica muy apropiada a la teoría de la redención sustitutiva, de hecho no agota el significado de las palabras ‘perdón’ o ‘salvación’. Para hacer esto me gustaría mantenerme dentro de los parámetros del escenario esbozado por mi libro Una fe más allá del resentimiento, el cual, por lo menos a primera vista podría interpretarse como tratando de gente gay y lesbiana que están aprendiendo a perdonar, y de otros que son perseguidores. O sea, aparentemente se trata de una mera inversión de las estructuras del poder de forma que la debilidad divina ahora está “perdonando” el poder mundano odioso como ejercicio de una forma de venganza acusadora especialmente exquisita. Déjenme aproximarme a esto desde un ángulo levemente diferente. Durante el Jubileo, hace dos años, el Santo Padre ofreció sus disculpas de parte de la Iglesia a diversos grupos que habían sufrido a manos del cristianismo organizado a lo largo de los siglos. Los diversos ultrajes mencionados fueron, si bien recuerdo, de un pasado lejano. A la época hubo gente gay y lesbiana que levantaron la voz diciendo “pues bien, está ofreciendo sus disculpas a los judíos, a los musulmanes, a los esclavos, a los negros, a los Galileo. De hecho, a casi todos los que allí estaban hace medio milenio, menos a nosotros.” Esta excepción fue subrayada por el auto-gol del Vaticano en su trato hacia la manifestación de orgullo gay que tuvo lugar en Roma aquel verano. De modo que la misma gente llegó a preguntar ¿Por qué no pide perdón también a nosotros? Ahora, pensé en aquella ocasión, y sigo pensando, que la pregunta es burra, y creo que las autoridades romanas tuvieron razón al no ofrecer disculpas a la gente gay y lésbica. Y esto no es porque carecen de materia sobre el cual pedir perdón, sino porque el ofrecer disculpas sin un correspondiente cambio de corazón es una mentira. Y las autoridades no han tenido un cambio de corazón.

Donde se equivocan los que hicieron la demanda que el Vaticano pidiera perdón es, creo, en su comprensión del perdón y cómo funciona. Parecen pensar que el perdón funciona según la modalidad “si…luego…” propia de cierto chantaje de los papás: “Si pides perdón, luego te perdonaré”. O sea, el poder del perdón ofrece el premio correspondiente a lo que es efectivamente una demanda para un auto-anonadamiento. Bueno, todos tenemos experiencia, me imagino, del auto-anonadamiento cosmético necesario para lisonjear a los que nos hagan semejantes demandas. Se trata de un curso de obstáculos, y no tiene, por supuesto, relación alguna con el perdón o con la penitencia. Sin embargo, en la teología más tradicional el perdón antecede a la confesión, y la forma que tiene el perdón en la vida de una persona es la contrición, o sea, cierta ruptura de corazón, un cambio profundo en las actitudes más arraigadas del tipo “Dios mío, pensé que estaba haciendo algo bueno, o por lo menos normal, y tan solamente ahora comienzo a vislumbrar que lo que estaba haciendo era profundamente pecaminoso contra Dios, y profundamente dañino a mi prójimo, y por eso a mí mismo. Tengo, en la medida de lo posible, que deshacer lo que he hecho mal y asegurarme de nunca más hacerlo”. Esta ruptura del corazón se recibe a lo largo del tiempo como un don extraordinario, el don que me es dado para llegar a ser alguien que no era, y que es mucho mayor, más espléndido de lo que me tomaba por ser. Es así que aparece el perdón en la vida de alguien. La confesión verbal, el ofrecer disculpas o el pedir perdón, acontecen ya muy avanzado el proceso, y es normalmente la señal de que la persona ya está recibiendo el perdón.

La respuesta, pues, a los que levantaron la voz al Vaticano exigiendo un pedido de perdón no es, como parecen pensar “Griten más fuerte, tal vez les oigan y se avergüencen”, sino la respuesta algo más triste: “Aún no pueden pedir perdón, porque aún no han recibido el perdón”. Y esto nos trae de vuelta a la duda con la cual comenzamos, donde el sencillo pronunciamiento del perdón por la persona que ha sido perseguida sería una forma de represalia leve vestida de mojigatería. De modo que, imaginando que los de duro corazón aún no han recibido el perdón, y es por eso que son de duro corazón (o bien, desde su perspectiva, que por supuesto no han sido perdonados, porque su reconocida severidad es una defensa heroica de la voluntad divina en medio de un mundo hedonista, relativista, materialista, subjetivista, ateo etc.), ¿cómo pueden ser perdonados? Y ¿qué forma tomaría el perdón? Y ¿quién les perdonará si no a quienes los han ofendido? Y si es de los injuriados que tiene que venir el perdón, ¿no tiene que hacerse vivo aquel perdón como perseverancia templada en la cara de la incomprensión y el ser despreciado durante bastante tiempo antes que produzca el fruto de hacer posible la contrición en el corazón de aquel que está siendo capacitado para recibir el perdón? Y ¿no es el caso, como en el sacramento de la reconciliación, que el eventual pronunciamiento del perdón por la víctima perdonadora es el coronarse un proceso que comenzó mucho antes, en la confusión y el desazón, o sea una palabra ofrecida en respuesta al florecimiento de un nuevo ser en el que está siendo perdonado, y como confirmación de ello? Y ¿no es el caso que aquel acto de pronunciamiento del perdón es efectivamente creador de un nuevo “nosotros” entre el perdonado y el que está perdonando?

Bueno, llego al asunto de esta manera, pero muchos de Uds. llegarán a la misma percepción por otras rutas. Creo que es esto, precisamente esto, donde comenzamos a poder hablar de nuestra salvación a manos de Jesucristo de una manera que nos libra de los rollos de la redención sustitutiva y sin embargo nos permite desmentir las objeciones nietzscheanas al perdón.

He ofrecido ejemplos de ambos lados, del que está perdonando y del que está en vías de quedar perdonado para mostrar lo que no funciona. Ahora me gustaría tomar el paso que espero sea estrictamente del Evangelio e intentar trabajar con Uds. hacia un necesario cambio de percepción.

Si la tentación de quien se considera ultrajado por fuerzas mucho más poderosas que él yace en algún tipo de aislarse en el status de víctima, echando maldiciones perdonadoras hacia quien otrora era su adversario; y si la tarea que percibimos es la de ser no cosmética sino realmente perdonador “desde vuestro corazón” (Mateo 18,35), entonces sospecho que el primer paso en este emprendimiento es pasar por el esfuerzo de concebir a sí mismo como en primer lugar recipiente del perdón. O sea, en vez de ser alguien cuya identidad primaria es de víctima, y secundariamente alguien que tiene que perdonar, ser más bien alguien cuya identidad primaria es de perdonado y por eso es capaz de llegar a ser una víctima perdonadora para otro, sin aferrarse a ello, ni dejarse definir por ello. Es ésta una tarea emocional y espiritual ingente, pero sin ella no podremos, creo, entender la salvación que estamos recibiendo de Cristo.

La manera según la cual esto se percibe en los ejemplos que he dado es el llegar a verse a sí mismo como una parte del bloque de duros de corazón necesitados de perdón, lo que significa el comenzar a imaginarse a sí mismo en el proceso de recibir el perdón, lo que, a su vez, significa volver a imaginar cómo fue que aquel proceso del perdón nos alcanzó en la primera instancia, o sea, re-imaginándolo como algo hecho “para” nosotros y viniendo hacia nosotros, a nuestro encuentro, y, al encontrarse con nosotros, capacitándonos para que nos tornemos como sus imitadores, para que seamos lo mismo para otros que son nuestros semejantes. Aquí no busco otra cosa más que recuperar la antropología que está detrás de una frase como la de San Pablo:

Porque a duras penas habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5, 7-8)

O bien:

Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. (Efesios 2, 4-5)

Sin embargo, busco recuperar aquella antropología de manera que no caigo en cualquiera de las trampas de la teoría sustitutiva que les expuse ayer.

Ahora, déjenme intentar contar la historia de Cristo de tal manera que pueda ofrecer una comprensión de la salvación que sea puramente de gratuidad, sin cualquier elemento de retribución, y en la cual el perdón es un proceso de iniciativa divina, vivido en nuestro medio en vistas de hacernos partícipes de algo mucho mayor de lo que ya somos.

No buscaré contarles toda la historia, nada más la parte central, la crucifixión y la resurrección, puesto que son ellas las que nos capacitan para avanzar en este enigma. Lo doy por sentado que la resurrección es el hacer asequible para nosotros la crucifixión como perdón de los pecados. O sea, es alcanzar adentrarse en la parte más dura de nuestra dureza de corazón, allí donde más completamente estamos involucrados en la muerte, en nuestra tendencia a agarrarnos a la vida a costo de víctimas, y pensar que al hacer esto, estamos actuando rectamente. Al ofrecerse a este mecanismo nuestro, y no parece haber cultura o sociedad humanas que conozcamos que no sea de alguna u otra manera dependiente de ello, Jesús estaba permitiendo que perdiera frente a este mecanismo. Ahora, noten esto por favor: que lo que tanto se nos ha enseñado concebir como victoria tuvo toda la apariencia posible de una derrota. Pareció no el que Jesús haya conquistado el pecado y la muerte, sino que la muerte, nuestro mecanismo humano por la cual todos estamos involucrados en la muerte, lo derrotó a él.

Ahora les pido considerar la naturaleza del poder del cual aquí estamos hablando. Si hay dos rivales que están más o menos al mismo nivel de poder el uno con el otro, digamos dos ejércitos, o dos campeones de tenis, entonces el resultado de su rivalidad será la derrota de uno y la victoria del otro, o bien, en algunos casos particularmente atroces, la derrota de ambos, puesto que cada uno prefiere la destrucción mutua a la victoria del otro. Sin embargo, cuando los dos partícipes no lo son en pie de una relativa igualdad, como por ejemplo cuando una madre joven está jugando tenis con su hija pequeña, entonces estamos en un mundo diferente. De jugar la mamá con la hija como si fuesen auténticamente rivales sería un atentado catastrófico contra la educación emocional de la hija, pues empeñarse en vencer a la pequeña como si fuesen auténticamente rivales produciría una tremenda rivalidad y frustración en la niña, y sería un verdadero skandalon para su crecimiento. La actitud más normal sería una de dos: la mamá que enseña a la hija como ganar o bien, la mamá que enseña a la hija como jugar.

En el primer caso, la mamá va a ajustarse al nivel de fuerzas de la niña, y poco a poco va a jugar con la niña elevando los niveles de fuerza para que la fuerza y la habilidad crezcan por medio de la práctica a lo largo del tiempo. La mamá nunca va a humillar a la hija ganándole con demasiada facilidad, pero tampoco se va a dejar vencer, porque lo que quiere es que la niña desee ganar, y esto significa que su apetito competitivo tiene que aguzarse constantemente. Aquí la mamá está haciendo de modelo del deseo de ganar al mantener constantemente el premio de la victoria justo fuera de la posibilidad de la niña, aplazando así la satisfacción, y así dándole cuerda a la niña para que llegue a ser una competidora dura de verdad.

En el segundo caso tenemos la mamá que está enseñando a la hija como jugar. Esto querrá decir, como en el primer caso, el hacerse pareja de pelea para la niña al nivel de la fuerza de ésta, pero también el aprender la habilidad aún mayor de llegar a poder perder delante de ella sin que la niña se sienta tratada con condescendencia. De esta manera la niña llega a experimentar la satisfacción de la victoria y al mismo tiempo a aprender que no tiene forzosamente que ganar. Que el juego se trata de jugar, una finalidad en sí misma, y que para que esto sea posible, la rivalidad tiene que tener sus límites, que se tiene que entrar en rivalidad para que haya la posibilidad de un juego, pero que se tiene que desarrollar la capacidad de no dejarse dominar por la rivalidad, de llevarse con cierta soltura al respecto, de suspender la rivalidad para una causa mayor.

Espero que sea evidente que la manera según la cual la segunda mamá es modelo del deseo es de lejos más rica que la primera. Y la clave está en la capacidad que ella tiene de perder justamente de la manera exacta. Es esto, me gustaría sugerir, que es el verdadero significado que tiene la auto-donación a la muerte de Jesús. Fue capaz de perder delante de los que tenían que ganar, para capacitarlos, al no tener que ganar más, para poder jugar.

Lo que me gustaría sugerir es que este “poder perder” es el resultado de un poder infinitamente mayor que el de vencer a un rival próximo. Pues, poder perder es el poder de alguien que no es de manera alguna rival, sino que quiere a la persona con la cual está jugando de tal manera que él desea que puedan llegar a correr el riesgo de perder también, no para humillarlos, sino para que sean liberados de la compulsión de ganar para poder, de verdad, saborear el jugar.

Ahora les sugiero que Jesús de Nazaret, en la cara de la incomprensión de los que le rodeaban, fue voluntariamente, y con espaciosa libertad a su muerte justo de esta manera, perdiendo ante la necesidad humana de sobrevivir por medio de crear víctimas humanas, para mostrarnos que nadie necesita crear víctimas para poder sobrevivir, nunca más. Esto sugiere la pregunta del tipo de poder que él tenía hasta su muerte, e incluyéndola: si es verdadero este relato de la salvación, entonces el tipo de poder que poseía fue el poder de quien no conoce la muerte, para el cual la muerte no es algo con la cual está en rivalidad. En otras palabras, era el poder de Dios. Creo que esto es lo que significa la doctrina de la encarnación. Después de que la resurrección de Jesús hiciera asequible lo que había sido todo el sentido de su vida y muerte como perdón, los testigos apostólicos comenzaron a percibir que lo que había capacitado a Jesús para entregarse a la muerte fue el hecho de que ya estaba involucrado, como ser humano terrestre, con un proyecto fijo, haciendo de su muerte un “perder a la muerte” para que pudiéramos aprender que nosotros también podemos vivir como si la muerte no existiera.

Ahora noten por favor que este “perder a la muerte” no fue para darle satisfacción al Padre, sino más bien para alcanzarnos a nosotros. Somos nosotros los que no pudimos quedar desatados de nuestra adicción a la muerte hasta que se nos mostrase que podríamos vivir como si la muerte no existiera. De modo que el irse-a-la-muerte de Jesús no fue algo representado, sí en presencia nuestra, pero con el Padre en el palco real, y con el Padre como público principal. Fue algo representado por el Padre que capacita al Hijo para donarse a nosotros. No tan sólo propter nos sino coram nobis como diría una generación anterior. Somos nosotros los que necesitamos que se nos destete de nuestra adicción a la muerte y a la formación de nuestro ser como si el fin biológico de nuestra vida fuese nuestro enemigo.

La resurrección sería así la irrupción en nuestro mundo de percepción de algo que antes no se había sido capaz de percibir: Dios no tiene nada que ver con la muerte, y que los humanos tampoco tenemos por qué tener que ver con ella. Y las consecuencias de vivir esto comenzarían a hacerse presentes: el que poco a poco, nosotros mismos podamos aprender a vivir como si la muerte no fuera, al pasar, de una variedad de maneras, por la muerte de forma anticipada de modo que pierda su poder sobre nosotros y comenzamos a poder vivir libres de sus compulsiones. Lo doy por sentado que la bienaventuranza, o felicidad de los bienaventurados en el sermón de la montaña se debe precisamente a su capacidad de vivir como muertos en medio del mundo. Vez tras otra en sus escritos Pablo habla de esto como la experiencia cristiana primordial: el pasar por una forma de muerte anticipada para que ya no más seamos dirigidos por la muerte en nuestro vivir.

Pues bien, les pido considerar brevemente aquí cómo todo esto fluye hacia una comprensión del pecado. Si en algo acierto en los vislumbramientos que estoy trazando de una antropología del perdón, de lo cual estoy hablando es el significado muy específico y exacto de la frase “El hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados” (Mateo 9,6; Marcos 2,10; Lucas 5,24) y de cómo se supone que seríamos los multiplicadores de aquel poder.

Mi sugerencia es la siguiente: que la forma visible del perdón es el proceso continuo, vez tras otra, de aprender a comportarse como si la muerte no existiera, lo cual significa llegar paulatinamente a contrariar a aquéllos cuyo ser depende de la muerte, y a correr el riesgo de ser perseguido, y tal vez hasta matado por ellos. Dicho de otra manera, nosotros como adictos somos recipientes de que alguien nos ama de tal manera y que quiere que seamos libres de nuestra adicción, cuando nosotros ni siquiera sabíamos que éramos adictos, y escogió librarnos de aquella adicción al hacer visible el hecho que ya no necesitábamos vivir de aquella manera, que nuestro propio ser puede quedar desatado de ser formado por la muerte. En la medida que comenzamos a comportarnos hacia los otros de la misma manera, en esta misma medida, quedamos liberados.

Pues he aquí el punto: el perdón en este modelo es precisamente no un auto-encerramiento hermético frente al otro, a quien me declaro nada parecido. Al contrario, el perdón resulta ser un moverse de manera creadora hacia el otro mi semejante de tal manera que quedará libre de la muerte conmigo y así juntos llegaremos a ser un nuevo “nosotros”. No es un mero gesto o pronunciamiento, sino un vivir hacia el riesgo de ser matado por la persona, a lo largo del tiempo. Y lo que es el inverso de la auto-separación de la sospecha nietzscheana que vimos es el hecho de que, si alguien se mueve hacia mí, y viene a vivir en mi esfera de adicción a lo largo del tiempo, para poder alcanzarme, y aunque no sea de manera alguna motivada por mis mismas compulsiones, sin embargo por el mero hecho de vivir en mi universo comienza a parecerme, y por el mero hecho de ocupar una posición de aparente impotencia en mi esfera, me convida a comenzar a reconocer que le parezco: al fin y al cabo, esta persona ocupa el espacio que yo mismo más temo ocupar, el espacio que yo le dedico tanta energía para evitar ocuparlo.

Si algo hay de válido en este modelo, entonces consideren lo siguiente: como ser humano Jesús estaba en el proceso de dejarse parecernos. De hecho el permitirse parecernos no fue una cosa reactiva, sino una cosa creadora: decidió llegar a parecernos, lo cual implicó no tan sólo la pérdida de su vida física para que pudiéramos perder nuestro miedo a la muerte, sino el perder su identidad humana a lo largo del tiempo, en el perdón, para que pudiéramos recibir su identidad, y él la nuestra. No puedo pensar en una manera más exacta de representar esto que el inventar una mima en la cual das de comer tu cuerpo a las personas y les dices que repitan esto a lo largo del tiempo. Ni puedo pensar en una mejor manera de darle sentido a lo que dice Juan cuando habla de que Jesús tiene que irse para que recibamos el Espíritu Santo (Juan 14, 28). Se trata de Dios disponiéndose a compartir su identidad con nosotros a lo largo del tiempo. Si quieren otro ejemplo de esto, a un paso atrás de la propia actuación de Nuestro Señor, entonces consideren su instrucción a los discípulos:

Miren que les mando como ovejas entre lobos: por tanto sean astutos como serpientes e inocentes como palomas. (Mateo 10, 16)

Esto, más bien que una instrucción sobre la prudencia, como suele interpretarse en nuestro medio, es, sugiero, una imagen de lo que el vivir el perdón resulta ser. Tiene la forma de saber que estás tratando con gente peligrosa, quienes a lo más probable, se sentirán profundamente desestabilizados por tu inocencia, y por eso buscarán lincharte. Les perdonas al vivir en su medio precisamente con las actitudes gemelas de la astucia de la serpiente, que sabe muy bien salirse zigzagueando para evitar ser pisoteado cuando hay peligro en los alrededores, y la inocencia de la paloma, que no piensa mal de los otros a quienes busca perdonar ni está en cualquier rivalidad con los que busca perdonar, sino que puede entregarse de forma de “sacrificio”, por así decirlo, en manos de los adictos, teniendo en sí el poder de hacer del linchamiento el mejor “show” que está a su alcance para realizar.

Creo que esto significa algo que todos sabemos instintivamente: que el evangelizar y la vivencia creadora del perdón de parte de aquéllos para quienes la muerte ya no es una forma de compulsión a abrazar o a evadir, son la misma cosa.

Al decir que esto es un acto creador, sé que estoy tocando en algo más bien difícil. Pero el asunto es clave. Pues si en algo acierto al interpretar la resurrección como el hacernos asequible lo que Dios quiso para nosotros desde siempre, lo cual nos implica llegar a desatarnos de nuestro estado de estar involucrados en la muerte, entonces no es el caso del todo que el perdón tiene que ver con algún borrar las cuentas para que seamos reinsertados en algún modelo pre-existente de la creación. Al contrario, el perdón es nuestro acceso a que seamos creados en la primera instancia. Es el deshacerse de un contratiempo temporáneo en nuestro camino hacia ser partícipes de la vida divina. Esto trae consecuencias especialmente importantes para nuestra vida y enseñanza cristianas. Significa que el perdón deja de ser algo moralista que tiene que ver con el tener que aceptar que se me doblegue la voluntad delante de otro, o un decreto débil de perdón delante de un monstruo impenitente. El perdón llega a ser el camino claro y objetivo por el cual cualquiera de nosotros alcanza el ser creado. Es tan sólo en el proceso de pasar por “quedar desatados” de varias trampas, callejones sin fin, y ataduras que a cualquiera de nosotros se nos puede llevar al ser. No hay nada especialmente vergonzoso con respecto a esto: sencillamente, así es. Y mientras tal vez lo experimentemos como algo peculiar para nosotros, lo cual es, pues a cada quien corresponde su manera de recibirlo, es también verdad decir que no hay nada muy “único y especial” al respecto, de la misma forma que no hay nada especialmente vergonzoso: es, sin más, la forma en la cual los seres humanos, procediendo desde donde procedemos, llegamos a la plenitud de ser creados.

Es más, y aquí estoy haciendo una sugerencia que no tengo ni el tiempo ni el espacio para explorar más detenidamente, sugeriría que el perdón es una herramienta intelectual imprescindible. Es en la medida en la cual perdonamos y somos perdonados que llegamos a ver lo que verdaderamente es. El perdón es nuestra salida del ser formados por la paranoia, que conduce a las teorías de conspiración. Y quiero sugerir que la teoría de la conspiración es muy exactamente la actitud mental de los que no han recibido el perdón, que no pueden perdonar y a causa de esto no pueden llegar a percibir lo que es. Al contrario: es en la medida que aprendemos a dejar atrás las teorías de conspiración, de un universo poblado de fuerzas que están militando contra nosotros, o a nuestro favor, es en esta medida que comenzamos a poder percibir lo que verdaderamente existe. Cuando dejamos de creer que una bruja, o el mal ojo del vecino es responsable de la repentina tempestad de granizo que estropeó nuestra cosecha, es allí cuando comenzamos a imaginar la meteorología. Una vez más, no creo que sea un accidente que Juan describiera el Espíritu Santo como abogado defensor que nos abre hacia toda verdad, cosas que aún no podíamos entender (Juan 14,26; 16,12-14). El abrirse de la verdad acerca de lo que es nos acontece socialmente en la medida en que somos capaces de recibir una mente perdonada y no paranoica.

Mi última observación antes de regresar a mi punto de partida es ésta: si la imagen central del poder qué está operando es de uno tan inmenso, puesto que nada tiene que ver con la muerte, que es capaz de perder delante de las fuerzas de la muerte para que ya no seamos cautivos de la muerte; y si aquel poder es tan inmenso que no es parte de una toma-daca vengativa contra un “otro” maligno, sino un poder real a un nivel más allá de las miras de aquel otro destorcido, un poder que se niega a concebir a aquel otro como posible blanco de retaliación, sino algo para ser desatado a partir de dentro, entonces queda claro que la imagen de la “victoria” es, por decir lo menos, una imagen muy poco apropiada, dejando a un lado su uso analógico en el Nuevo Testamento. La “victoria” es el lenguaje del rival próximo que triunfa sobre un rival próximo. Pero desde el punto de vista, si así nos fuera permitido hablar, del poder que no forma parte del mismo universo, una victoria sobre alguien sencillamente no es una victoria. De hecho, no es más que una señal de que no existe otra cosa en el universo que el conflicto y la comparación de fuerzas rivales.

Desde el punto de vista de uno que no está de manera alguna envuelto en la muerte, y es por eso capaz de imaginar y desear el bien del otro inclusive mientras el otro lo maltrate, la única “victoria” imaginable es aquélla en la cual nadie triunfa sobre nadie, sino que todos los partícipes terminan reconciliados entre iguales. Dicho de otro modo, la victoria desde la perspectiva del perdedor poderoso es la reconciliación, y tan sólo puede consistir en la creación de un nuevo “nosotros”. Hasta el querer reverter el cuadro al “otro” mundano, maligno y aparentemente poderoso, es participar del mismo poder que ellos.

Ahora, déjenme conducirnos de regreso a donde comenzamos: a la duda sobre si el guante de seda del perdón no pasa de un disfraz astuto para el puño de hierro de la venganza, y a mis observaciones sobre la gente que está buscando una disculpa papal por el maltrato a la gente gay y lésbica a lo largo de los siglos. Espero que haya llegado a ser posible imaginar lo que sería la forma en la cual la gente gay y lesbiana podría perdonar a sus perseguidores de una manera que no cae en la trampa sea del auto-encerramiento en la mojigatería, sea del quedarnos exigiendo un pedido de disculpas que es muy poco probable que llegue hasta que los involucrados hayan recibido el perdón. Espero también que sea claro, por analogía, que las mismas posibilidades de re-imaginar la salvación como el perdón que conduce a la reconciliación tienen su validez en campos bien distintos de aquel en el cual me ha sido dado buscar trabajarlo.

Si algo hay de verdad en todo esto, entonces nos encontramos embarcados en la peligrosa aventura de permitir que lleguemos a ser el perdón en imitación de uno que se entregó por nosotros, mucho antes que nos diéramos cuenta de que estábamos necesitados de tal perdón. Y esto no es ocupar el terreno alto de la moralidad inexpugnable, puesto que, lejos de cualquier separación de los que están en la violencia, nos implica quedarnos con ellos, habitando su universo, estando en su mundo, pero no siendo de ello, siendo astutos como serpientes e inocentes como palomas, pero siempre, al no temer perder todo, estando dispuestos a que nos sacrifiquen más bien que entrar en colusión con la violencia. De este modo el que está perdonando viene a ocupar el lugar más temido por el violento, y si se puede vivir esto sin temor, la misma vivencia perdonadora desestabilizará por completo la violencia, y permitirá a los que lo esgrimen el quedar libres del miedo con el resultado de que todos nosotros juntos, que no sabemos muy bien quiénes somos, ni en qué consiste el tener la razón, podamos llegar a descubrir lo que realmente es. Pues es el devenir esto, verdaderamente existente, al cual fuimos invitados, todos juntos.

Notas

[1] Quisiera agradecerle a Gabriel Ernesto Andrade de Maracaibo, Venezuela su valiosa ayuda en la revisión de mi castellano macarrónico. Los errores que quedan son míos. volver
[2] Quisiera agradecer aquí a Gerard Loughlin, cuya reseña de la version inglesa de Una fe más allá del resentimiento, aparecida en el Times Literary Supplement (no. 5154, 11 de enero de 2004, p. 28) levantó esta pregunta de forma sucinta y exacta, desatando así la meditación que llevó a este capítulo. volver