Algunas consideraciones sobre la creación
Esta charla corresponde al capítulo 4 de On Being Liked y es el primer capítulo del tríptico de ensayos sobre la redención que se encuentra en aquel libro.
Introducción
El orden tradicional siguiendo el cual se despliega el gran panorama de la salvación cristiana es lo que llamo el orden de la lógica. O sea, se comienza con la creación y la caída, se pasa a la salvación, y de allí al cielo. Cómo habrán visto ayer y anteayer, no me conformo con este paradigma, al considerar que lleva a una serie de malentendidos. Busco reconfigurar el escenario a la luz de lo que llamo el orden del descubrimiento. O sea, considero que lo primero en el orden de nuestro conocimiento es una intuición de una salvación, primero trabajada y elaborada a lo largo de muchos siglos de altibajos por el pueblo judío, desembocando en un refinamiento muy especial de este descubrimiento judío en la vida, muerte y resurrección de Jesús. Es a partir de esta intuición de salvación que se fue elaborando una noción crítica de la creación, y no al revés. Y esta relación entre la salvación y la creación se ve no tan sólo en la época apostólica, sino que la misma relación se da hasta en los textos de la escritura judaica anterior al primer siglo.
La razón de insistir en esto es la siguiente: si no consideramos la creación a la luz de la salvación, más bien que viceversa, entonces quedamos a la merced de una visión apriorística de la creación al imaginar que tenemos un acceso independiente a lo que era en el principio y que no pasa por la siempre contemporánea actualidad de nuestra capacidad interpretativa. O sea, se cae en el mismo equívoco de imaginar un acceso epistemológicamente independiente a la creación al cual nos conduce la teoría sustitutiva de la redención en relación al pecado. Y tal acceso epistemológicamente independiente sencillamente no existe. Más bien lo que se consigue hacer es montar un escenario donde hasta cierto momento estábamos dispuestos a aprender, y luego, a partir de cierto punto, determinado por nuestro entendimiento de la salvación, se dice: no, pues, ahora hago un acto mental extraordinario. Salgo del proceso de recepción que me permite entender e interpretar las cosas, y me pongo como Dios, como vidente externo a todo este proceso, y de allí dicto las normas seguras que han de regir el universo cuyas reglas entiendo, puesto que entiendo de qué me han salvado. O sea, erijo algo sagrado. Y allí donde erijo algo sagrado, luego luego he de descubrir enemigos que están atentando contra lo sagrado, buscando derribarlo para asentar sus ideas perversas y heterodoxas. Y por supuesto se me escapa el hecho de que esté tan adentro del proceso de aprendizaje, imaginándome fuera, como lo era antes. Sólo que ahora mi estado de dentro toma la forma de una pelea dramática con los que están tan adentro de un proceso de interpretación como yo, pero a quienes he querido quitar la legitimidad por mi insistencia en un sagrado no negociable. O sea, he conseguido crear un escándalo. Y siendo tan moderno como mi opositor, me convenzo de que estoy hablando a partir de una alcurnia inexpugnable. Que los debates con respecto a Darwin en el siglo XIX, o la pelea actual de los llamados “creacionistas” contra los que creen en alguna forma de evolución en ciertos estados de EEUU y otros lugares, se levanten en testimonio.
Pues no. Me parece sumamente importante que volvamos a considerar la doctrina de la creación a partir del entendimiento de salvación que he querido trazar entre Uds. Voy a hacer esto mediante una serie de puntos, todavía no muy vinculados entre sí, pues es para mí un estudio aún en proceso, que está abriendo horizontes que todavía no sé adónde llevarán. Por eso, es un privilegio participar con Uds. en un seminario de profesores. Voy a esbozar una serie de tesis.
1. La creación es una relación y no una descripción
Mi primera tesis es que siempre comenzamos a partir de donde estamos. Cuando decimos los católicos que Dios creó el universo no estamos avanzando una teoría religiosa sobre cómo las cosas llegaron a existir. No estamos haciendo aseveración alguna sobre el cómo las cosas llegaron a existir. Estamos señalando nuestra relación de ser llevado a la existencia y mantenido en ella por Dios. Estamos expresando nuestro asombro ante la gratuidad de todo.
Esta expresión de asombro ante lo gratuito de todo no es una explicación científica alternativa. Es, más bien al contrario, una condición de posibilidad para que no tengamos miedo de avanzar lo más que podemos en nuestra comprensión de cómo las cosas llegaron a existir. El poder confiar en la bondad, y la naturaleza no caprichosa y no malévola de lo que vayamos a descubrir no es menos importante que la inteligencia que se utiliza al hacer las preguntas acertadas con respecto a cómo llegaron las cosas a existir. Pero no son dos campos de investigación en conflicto. La capacidad para percibir la indiferencia inocente de lo que sencillamente es como tal, o sea, como inocentemente indiferente, marca una ruptura extraordinaria con respecto a nuestra típica comprensión del poder, y más específicamente, de lo que es más poderoso que nosotros. Pues nuestra comprensión normal de las relaciones de poder detecta fácilmente el juego de deseos rivales y contradictorios en nuestras sociedades y nos inclina a pensar que tenemos que protegernos, o bien “ellos” nos herirán, o “no habrá suficiente para todos” o “todo está acabándose”.
Y entonces, nos equivocamos enormemente si consideramos a la creación como algo que muy especialmente tiene que ver con el pasado remoto. Nuestra percepción de la naturaleza gratuita del hecho de que cualquier cosa existe es una percepción que nos es enteramente contemporánea, de la misma manera como habría sido contemporánea con lo que descubramos como la historia del proceso de nuestros orígenes como seres humanos y como universo. Nuestro acceso a la creación es presente, como lo es nuestro acceso al pasado. O sea, y discúlpenme lo obvio del punto, el único acceso que tenemos al pasado es el acceso para el cual nos capacita nuestra actual comprensión. No hay acceso a los orígenes que sea independiente de nuestra actual capacidad interpretativa.
Imaginemos que alguien hubiese filmado el origen de todo, desde fuera... pues es de por sí obvio que si alguien lo filmase la capacidad filmadora sería anterior al “origen” y tendríamos el problema de deducir de dónde había venido tal capacidad filmadora. Pero peor, únicamente conseguiríamos entender la película a la luz de lo que ahora podemos entender. Del mismo modo, nuestra comprensión de los meteoritos y de la astronomía es una comprensión absolutamente contemporánea, y que depende de toda una serie de cosas – institutos de investigación, sociedades dispuestas a gastar dinero en la búsqueda de tal comprensión, y sociedades donde se descarta la posibilidad de que el descubrimiento de cosas aún no imaginadas sea un atentado contra algo sagrado. Pero depende también de nuestra negativa ante el creer que haya dioses, o ángeles o djinnes de alguna manera involucrados en la introducción de elementos aleatorios en nuestros descubrimientos, y que hacen imposible su comprensión racional.
Tanto el mantener contemporáneamente un sentido de asombro o de misterio con respecto al hecho de que exista cualquier cosa, como la contemporánea negativa ante el aceptar versiones específicamente “religiosas” sobre cómo las cosas llegaron a existir son claves para la discusión acerca de lo que entendemos cuando hablamos acerca de la creación. Y por supuesto, nuestra capacidad para hacer estas dos cosas, mantenernos en el misterio y rehusar encaminarnos por atajos religiosos, ni que decir tiene el hacer ambas cosas juntas y al mismo tiempo, es una capacidad que hemos adquirido a lo largo de mucho tiempo, y que tiene una historia.
2. Nuestra creciente comprensión de la creación ha sido, desde siempre, dependiente de la superación de la violencia y de la muerte
Mi segundo punto es el siguiente. El que hablemos de la creación no es una cosa de por sí evidente. La pregunta “¿de dónde ha venido todo esto?” es sin duda una pregunta muy antigua, pero siempre se ha preguntado y contestado dentro del esquema de poder y orden que estaba vigente en la época. Y no podría ser de otro modo. No hay pensador por brillante que sea que no sea hijo de su época por lo menos en muchísimas de las cosas que da por sentado, y a partir de las cuales opera su cambio de perspectiva.
Imaginamos, algo tercamente, que los relatos más antiguos de los orígenes gozan de una superioridad con respecto a lo que describen en relación a los nuestros, por estar más cercanos a los acontecimientos originales. Como si fuesen testigos de un asesinato. Por supuesto los que estuvieron presentes en un asesinato son testigos de una manera que nunca lo serán gente de generaciones posteriores, dejando a un lado lo complicado de la interpretación que surge inmediatamente: es bien posible que dos testigos oculares difieran enormemente en lo que describen, y que la interpretación posterior, hecha, digamos, por un abogado en un proceso legal contra un supuesto asesino, sea más auténtica en su descripción de la verdad que lo que afirman los testigos. Pero no hay testigos de los acontecimientos de los orígenes. De por sí, los testigos antiguos son una parte muy avanzada del proceso de lo acontecido, ¡sobre todo si recordamos los millones de años durante los cuales los dinosaurios, que no dejaron nada por escrito, dominaron la tierra! Y no existe razón alguna para pensar que nuestro entendimiento, por ser levemente posterior, sea más limitado que el de nuestros antepasados.
Pero aquí sí, acontece algo muy interesante. Los relatos antiguos de la creación suelen ser relatos de una cierta salvación. O sea, describen cómo las cosas llegaron a ser como son ahora, y esto tiene la forma de describir cómo fue instaurado el orden vigente. Normalmente se comienza con una pelea entre los dioses, y a partir de una victoria de parte de uno de los dioses, se establece la tierra. La victoria, dígase de paso, normalmente tiene la forma de un asesinato, un linchamiento, o un descuartizamiento. Y a partir de esto, el orden de lo creado. Esto se ve de forma muy nítida en la epopeya de Guilgamesh, con la muerte de Tiamat, pero también, por ejemplo, en el Rig Veda (10.90) donde el descuartizamiento de un hombre y la distribución de sus miembros es la creación tanto de lo que es como del orden social Hindú.
Nada de esto debería sorprendernos. Lo único que significa es que se narra la respuesta a la pregunta “¿de dónde venimos?” dentro de los esquemas de poder y orden social vigentes. Y la respuesta tiende a mantener y a asegurar este orden. Por eso se describe la creación como una victoria sobre el caos. O sea, la descripción de los inicios proviene de una comprensión de “salvación” ya existente dentro del grupo en cuestión. La descripción de lo que son las cosas es estrictamente dependiente de lo que ahora debieran de ser.
Pues bien, me gustaría sugerir ahora que la noción judía de la creación, de la cual somos dependientes nosotros, introduce unas notables rupturas dentro de este esquema. Si bien entiendo, lo que vemos en el caso de la tradición judía es lo que llamaría un movimiento anti-idolátrico que solamente en una época muy tardía llega a preguntarse sobre la cuestión de la creación. Que yo sepa, el relato de los orígenes que se tiene en el libro del Génesis es bien posterior a gran parte de los relatos del mismo libro, por ejemplo, los relatos de Abrahán. Y según los peritos, el relato sería del período del exilio, conteniendo en sí muchos elementos que son alusiones críticas a los mitos de origen de los babilonios. Por ejemplo, un jardín donde no el rey y los nobles, sino sencillamente el varón y la mujer tienen su morada. O bien la insistencia en que la primera cosa que se crea es la luz, que significa que toda la creación será luminosa, de por sí un movimiento desmitificador y (guardando las debidas proporciones) secularizador. Al mismo tiempo se ha notado que el relato de la creación, aunque muy limpio y nítido en comparación con los asesinatos y sangre que aparecen en los textos babilónicos, aun no está del todo limpio de la noción de la creación como el establecimiento del orden en medio del caos. O sea, el famoso “tohu wa bohu” del Génesis 1,2 sugiere un “algo” a partir del cual Dios organizó las cosas, y puede ser que tenga vestigios de referencia a la matanza de un monstruo marítimo a partir del cual se tendría creado todo.
Sin embargo, no cabe duda de que estamos delante de un movimiento anti-idolátrico que visa el destronamiento de los dioses con su variada y complicada relación con el orden social, hacia un solo Dios. De la misma manera en que éste no puede estar involucrado en una matanza entre los dioses, también tiene que relacionarse con todo lo que es de forma diferente. Y parece que fueron el exilio - y por consiguiente la pérdida de poder real sobre el orden social que parecía tener YHWH mientras estaba vinculado con una monarquía y un templo - los que llevaron a la nueva percepción. La percepción de que si de Dios estamos hablando, afirmando que no está entre los dioses, entonces tiene que haber una separación radical entre Dios y el orden y establecimiento de este mundo. O sea, una parte de un movimiento anti-idolátrico es que es, y tiene que ser, un movimiento de autocrítica hacia la manera en que la percepción de Dios se relaciona con lo social. Ahora bien, es muy fácil decir esto. Pero sé muy bien a partir de la experiencia personal que el pasar por la experiencia de perder el vínculo entre Dios y el orden acostumbrado, sin perder la noción de Dios y caer en una reacción más es inmensamente lento, doloroso e impredecible. Fue la imposibilidad de mantener la creencia en Dios como uno de los dioses, por su derrota, que llevó a una de dos alternativas: o YHWH es un dios menor, o se encuentra en un nivel totalmente diferente de los dioses, con los cuales no tiene comparación. Y esto significa que cualquier relato que se ofrece para describir la relación entre él y lo que es será marcadamente diferente.
Si esto ya se veía en el libro de Génesis, ¡cuánto más no se ve en el libro del segundo Isaías! Este libro, y sobre todo sus capítulos de 45 a 48, que probablemente no fueron escritos tantos años después del relato de Génesis, es de una exhuberancia fenomenal. Al leerlo tengo la impresión de estar delante de textos que son testigos oculares de un descubrimiento extraordinario que no se había entendido antes, y que ahora permite hacer más sentido de todo. Y de hecho, son textos de un descubrimiento fenomenal, puesto que marcan el paso definitivo de la monolatría al monoteísmo puro, y al mismo tiempo, a una descripción absolutamente limpia de la creación. Ahora lo que me gustaría hacer notar es que estos dos descubrimientos – el de la unicidad de Dios, y el de la limpieza de la creación, van juntos y se implican mutuamente. Tomemos por ejemplo Isaías 45, 18-19:
Porque así dice el SEÑOR que creó los cielos (El es el Dios que formó la tierra y la hizo, El la estableció {y} no la hizo un lugar de caos, {sino que} la formó para ser habitada): Yo soy el SEÑOR y no hay ningún otro. No he hablado en secreto, en alguna tierra oscura; no dije a la descendencia de Jacob: "Buscadme en lugar desolado." Yo, el SEÑOR, hablo justicia {y} declaro lo que es recto.
La unicidad de Dios tiene como consecuencia inmediata el que no hubiera tratos secretos, derramamientos de sangre, o un caos anterior a la creación, sino que Dios formó la tierra para ser habitada. O sea la relación entre Dios y todo lo que es, es limpia, no escondida y con finalidad benévola. Y todo esto independientemente del poder y del orden social.
Un paso más allá en este proceso lo vemos tan sólo en el segundo libro de los Macabeos (7,28-9), donde la mamá de siete hijos implora a un hijo suyo que acepte la muerte antes que infringir la Ley en los siguientes términos:
Te ruego mi hijo, mirar al cielo y a la tierra y a todo lo que hay en ellos y reconoce que Dios no los hizo a partir de cosas que ya existían. De la misma manera llega el ser humano a la existencia. No temas este carnicero, sino demuéstrate digno de tus hermanos. Acepta la muerte, de tal forma que según la misericordia de Dios yo te reciba de vuelta junto con tus hermanos.
Ahora, lo que me interesa subrayar aquí es el hecho de que, en el espacio de un par de versículos, dos cosas van juntas: la creación ahora sí concebida por primera vez como ex nihilo y la creencia en la resurrección. Hago notar que aquí se trata no de dos doctrinas diferentes, sino de dos implicaciones del único descubrimiento de que Dios nada tiene que ver con el orden social vigente, que incluye por supuesto, la mortandad que va junto con el orden social. O sea, aquí se ve que el descubrimiento de la creación ex nihilo y el descubrimiento de la resurrección son el mismo descubrimiento, y forman parte del descubrimiento de que Dios es tan vivo y exuberante que nada tiene que ver con la muerte o con el orden social, y que su afán creador tiene otros propósitos, de manera que es cosa leve morir más bien que infringir estos propósitos.
Bueno, pues este viaje relámpago por unos textos antiguos sobre la creación tiene como finalidad reforzar la impresión que quisiera causarles: que estamos delante de un proceso, y de un proceso donde lo que se está descubriendo es una relación entre Dios y lo que es. Y esta relación es un descubrimiento que fue hecho en medio de un movimiento anti-idolátrico en la medida en que se llegó a hacer toda una serie de separaciones radicales, principalmente la separación entre Dios y el orden de este mundo y la separación entre Dios y la muerte. Este descubrimiento está, pues, absolutamente vinculado a la creciente comprensión de que Dios nada tiene que ver con la violencia humana.
3. La doctrina cristiana de la creación es un afinamiento definitivo de este proceso, y tiene que ser considerado dentro de él
Ahora bien, lo que quisiera subrayar es que al hablar de la creación estamos hablando de un proceso de descubrimiento de la relación entre Dios y todo lo que es, un descubrimiento de algo que es siempre contemporáneo, y que tiene consecuencias inmediatas para con la percepción del mundo que nos rodea. Entre estas consecuencias se encuentra la necesaria des-sacralización de lo que hay alrededor nuestro, de modo a que quedemos capacitados para que no nos dejemos doblegar delante de sus supuestas fuerzas, y de hecho de permitirnos vivir como si estas fuerzas no existieran. O sea, una parte del proceso del descubrimiento de la creación es el descubrimiento de una asombrosa libertad con respecto a lo que es, puesto que lo que se ve y percibe y lo que es son cosas distintas. Lo que vemos y percibimos lo hacemos todavía parcialmente desde dentro del mundo formado por nuestros sistemas de orden, de seguridad, de identidad, garantizados en última instancia por la muerte. Y lo que es no es estrictamente asequible desde dentro de una mentalidad formada así. Sin embargo en la medida en que dejamos de tener la mente y el corazón formados por la muerte, dejamos de tener la mente formada por la percepción de que el “otro” social que nos rodea y antecede nos es hostil, ambivalente, caprichoso y de doble cara, delante del cual tenemos que comportarnos deshonestamente para sobrevivir, alegando que así tenemos que ser, porque así son las cosas. Esto forma parte del proceso de descubrimiento de que el “otro” que nos rodea y nos antecede, a un nivel totalmente diferente del “otro” social acostumbrado, es benévolo, limpio, sin ambivalencia, y sin ambigüedad. O sea, que la relación entre Dios y todo lo que es, es gratuita y confiable. Y si es confiable, no tenemos por qué temer descubrir la verdad acerca de lo que es, por poco conveniente que parezca en sus repercusiones sociales.
Ahora bien, me parece que es aquí donde nos situamos los que creemos en Cristo. El descubrimiento que nos fue legado por los testigos apostólicos es el descubrimiento definitivo, por así decirlo, de la resurrección. No tan sólo como un saldar las cuentas al final, o sea como parte de una visión moralista de las cosas, sino como algo actual, y actualmente capaz de ser vivido ahora. Así podemos llegar a entender algo del afinamiento que introdujo Jesús a la percepción de la creación.
Si bien entiendo, lo que el grupo apostólico percibió es que al resucitarse Jesús, reveló de forma humanamente asequible no tan sólo el que Dios nada tenga que ver con la muerte, colocando así en tela de juicio los mecanismos sagrados de la protección de lo sagrado por la expulsión de la víctima. Reveló más que esto. Que el donarse a nuestro mecanismo de muerte había sido la manera por la cual el Creador mismo, que no conoce la muerte, ha querido permitirnos formar parte de la creación. O sea, la relación entre Dios y lo que es tomó una definición más clara e inaudita. La relación es de un amor incluyente que pasa por participar con nosotros de la experiencia de ser creado para que participemos con él de la vida divina, siendo creados. Quiere decir que el mismo creador quiso desatar los nudos de futilidad en los cuales nos encontramos envueltos, a partir de dentro, y permitir que, a partir de aquella faena, estemos involucrados personalmente en poder descubrir y traer a la existencia lo que es.
Así entiendo yo el innegable hecho de que el grupo apostólico entendió a Jesús como involucrado de alguna manera en el traer a su esplendor la creación. Por eso hablan de él como aquel por medio del cual todas las cosas fueron creadas. En una visión vinculada a la de la redención sustitutiva, se imagina a Jesús como de alguna manera presente “al principio”, y luego, varios milenios después entrando en el baño cuyos grifos él había ayudado a abrir. Pero en la visión que estoy buscando recuperar, vemos a la sempiterna contemporaneidad de la creación en una actividad humana en medio nuestro precisamente por la superación de problemas no de índole biológica, sino cultural. O sea, es al desentoxicar la muerte humanamente, que Jesús abre para los que no lo conocimos, no sólo el sentido real de la creación, sino la capacidad de llegar a ser hijos creados al practicar nosotros la misma superación de la cultura de mortandad, confiados en una generosidad que desconoce la muerte y que ha de cuidar de nosotros. Así de él se dice que es el primogénito de toda creación (Col 1,15) y al mismo tiempo el autor y consumador de la fe (He 12,2).
4. Por el don del Espíritu Santo el propio Creador participa humanamente con nosotros del proceso de descubrimiento que es el llevar la creación a su plenitud
Aquí quisiera hacer una observación breve con respecto al significado del don del Espíritu Santo. Si se leen los famosos capítulos 14-16 del evangelio de Juan se notará algo muy cercano a la relación que les estoy proponiendo. Se ve al propio Dios como ser humano que da su espíritu creador a los humanos, como consecuencia de su irse a la muerte para que seamos conducidos en toda la verdad. O sea el papel de abogado defensor, de paráclito, y el papel de abridor de toda verdad por medio de la superación de procesos victimarios y el papel de hacernos partícipes en pie de igualdad con Jesús en el traer la creación a la existencia, son lo mismo. Y noto una cosa aquí, que me deja maravillado. Si en el modelo de la creación como algo entendido a partir de un a priori epistemológicamente imposible, hay un momento cuando nosotros salimos del proceso de aprendizaje para obtener el punto de visto “divino” o sea, un salto mental hacia fuera del proceso, para poder “imponer” la supuesta visión divina sobre lo que nos rodea, aquí la cosa es bien diferente. En el modelo que les voy esbozando, y que espero sea armonioso con el testimonio joánico, el ojo divino, por así decirlo, no lo llegamos a recibir por un salto intelectual hacia fuera, sino a partir de dentro del proceso de superación perdonadora de la violencia grupal que nos lleva a descubrir toda verdad. O sea, por el don del Espíritu Santo participamos activamente como seres conscientes y conocedores a partir de dentro del propio acto creador de Dios.
5. Hay un elemento objetivo en nuestra comprensión de la creación.
Si todo lo dicho resulta cierto, o sea, si es la muerte y no en primer lugar el pecado que es el problema, y la salvación es la culminación del proceso por el cual el salvador nos permite vivir como si la muerte no existiera, confiados de que no es sino la circunscripción propia de ser creados contingentemente, y que el ser creados contingentemente con nuestra participación ha de durar eternamente gracias a la bondad de Aquel cuyo proyecto es; si todo esto resulta cierto entonces hay un elemento objetivo que resulta como consecuencia de la doctrina de la creación. Pero no es una aseveración con respecto a un conocimiento que se supone epistemológicamente independiente acerca de los inicios. Se trata de una aseveración con respecto a la relación entre Dios y todo lo que es, de forma que nos permite saber que nuestro acceso a lo que verdaderamente es, y por eso nuestro vivir en la realidad, se nos abre en la medida en que llegamos a superar la violencia de nuestras relaciones entre nosotros. O sea, que el acceso a lo que realmente es, consiste, en el caso de todos nosotros, en un acceso al cual se llega colectivamente en la medida en que no se vive según los dioses, sino a partir de la víctima perdonadora. Dicho de otra manera: el perdón es el acceso a la creación. Y esto no lo digo tan sólo en algún sentido “religioso” o místico, sino en un sentido que trae consecuencias sociológicas y antropológicas. Sintetizo, en la medida en que salimos de relaciones de violencia el uno con el otro, y relaciones de violencia cuya rectitud es garantizado “sagradamente” entonces llegamos a poder entender lo que es y a adentrarnos en ello.
Doy unos ejemplos evidentes: algunas investigaciones intelectuales y científicas no pueden llevarse a cabo mientras implican ir en contra de estamentos sagrados, que bien pueden ser los de una Iglesia, o los de un grupo de Imámes, o los de los oficiales de algún ministerio de gobierno. Mientras así sea, nunca llegamos a entender lo que es, sino a quedarnos atrapados dentro de la futilidad. En la medida en que alguien no teme represalias, sea porque ya el grupo social aprendió a no tener miedo de las consecuencias de nuevos descubrimientos aparentemente sacudidores, sea porque el investigador no teme a la muerte, y porque cree en la bondad subyacente de lo que va a descubrir, de modo que está dispuesto a correr el riesgo de seguir adelante, sufriendo las consecuencias, porque quiere el bien de los que ahora no entienden, pero que a lo largo van a beneficiarse del descubrimiento de la verdad, por difícil que sea creerlo ahora, a juzgar por sus actitudes, en esta medida se llega a descubrir la verdad. O sea, estoy hablando de las condiciones de posibilidad que permiten el desarrollo de la ciencia.
Lo clave aquí es que el descubrimiento de la verdad acerca de lo que es depende absolutamente de una interacción social que está en vías de superar un engaño colectivo. O sea, es el perdón y la mentalidad perdonadora lo que es capaz de llegar a la verdad, porque es la mentalidad perdonadora quien está dispuesta a sufrir ultrajes, marginalización, pérdida de tiempo y de reputación, dejando atrás como cosas de poco monte todo aquello, para poder hacer brillar la verdad, y la verdad entendida como una cosa benéfica para todos, incluyendo a los que ahora de ello nada quieren saber.
Y hay progreso sobre esto en la medida en que llegamos a des-sacralizar nuestro mundo, para entender su bondad y confiabilidad subyacente, y no tan sólo con respecto a “dioses” de religiones primitivas, sino en medio de los “dioses” de cara parcialmente secular que pululan en nuestro mundo, y que conforman nuestras relaciones violentas. O sea, la consecuencia del descubrimiento de la creación es la creciente responsabilidad humana para con todo lo que es, incluyendo nuestro manejo de las relaciones sociales que nos permiten relacionarnos con lo que es, y sin pasar por las cuales no hay acceso a nada. Y esta creciente responsabilidad humana no es consecuencia de algún desencantamiento del mundo, del retiro de Dios a las márgenes, sino la consecuencia muy exacta del que el propio Dios nos haya dado la clave para descubrir y habitar la ordinaria y bondadosa “secularidad” de todo lo que es.
La dimensión objetiva de la relación entre la salvación y la creación viene a ser el hecho de que sea la forma de la salvación el abrirnos la posibilidad de participar con cada vez mayor libertad de la creación, y del que haya sido un extraordinario acto de parte del propio Dios el habernos dado la confianza para poder hacer esto. Este darnos la confianza fue el revelar todas las dimensiones del proyecto benévolo por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Si Jesús no era un dios que estaba instaurando un culto de salvación por medio de un truco sacrificial, muy a la manera de los dioses, sino el propio Dios, creador de todo, entonces la salvación no es independiente del necesario abrirse las puertas hacia el traer a su plenitud la creación.
6. De estas consideraciones nace una comprensión benéfica de la ley natural
Hace algunos días el Santo Padre, en una alocución a los miembros de la Academia Pontificia para la Vida llamó a los filósofos y a los científicos católicos a que formulasen mejores argumentos a favor de la ley natural, sobre todo en el campo de la bioética. Pues bien, quisiera hacer un pequeño aporte a esto subrayando algunas consecuencias de lo que vengo descubriendo con respecto a la creación. Lo que quisiera decir es lo siguiente: que la ley natural es en primer lugar un elemento imprescindible de la doctrina cristiana de la creación precisamente por ser el vínculo imprescindible entre la creación y la salvación. O sea, es nuestra manera de insistir en que no hay una ruptura absoluta entre lo que ahora vemos y lo que es el plan divino para la plenitud de la creación. Lo que ahora es, y lo que ha de ser, tienen una relación orgánica entre sí, y que en principio podemos aprender a partir de lo que ahora es algo acerca de su definitiva plenitud. En otras palabras, hay una confiable continuidad entre lo que la creación necesita de salvación y lo que aparecerá una vez salvada. Es la manera consecuente de decir que cualquier tentativa de hablar de la salvación como la abolición de algo desastroso y la instauración de algo totalmente nuevo no mantiene la necesaria relación entre el creador y el salvador. Por eso, una de las consecuencias más firmes de la insistencia en la ley natural es la negación de la arbitrariedad o naturaleza caprichosa de los mandamientos divinos. Esto nos es evidente tradicionalmente en el rechazo a la posición nominalista y voluntarista con respecto a la moral. Si Dios nos prohíbe algo, es por que el hacerlo no nos hace bien. O sea, la santidad del mandamiento está en el hecho de que es para nuestro bien, y no es el caso que nuestro bien se encuentra en seguir mandamientos independientemente de sus consecuencias para nosotros, sencillamente porque son mandamientos.
Pues bien, si esto tiene validez, entonces podemos ver que la ley natural es en primer lugar, y antes de su uso en polémicas con el mundo no-creyente, un fortísimo instrumento de autocrítica con respecto a nuestra propia enseñanza moral. Utilizándolo correctamente, la primera consecuencia de este instrumento sería el tener confianza en que podríamos corregir nuestro propio entendimiento de la moral a partir de nuestra creciente apreciación de lo que es. Y esta creciente apreciación de lo que es crece precisamente en la medida en que aprendemos a no basar nuestra moral en las opiniones heredadas de nuestro grupo con respecto a lo que es “bueno” y “malo”, sino a superar la tendencia a echar fuera a los débiles cuya existencia nos es inconveniente, e ir descubriendo así lo que verdaderamente es. O sea, el salir de un mundo hecho a imagen y semejanza del grupo, auto-cerrándose en certezas sagradas, para descubrir que lo que es, es algo diferente de lo que imaginábamos, y por esto tenemos que pasar por una re-estructuración de nuestro grupo. Dicho de otro modo: la ley natural sería un baluarte fortísimo contra la tendencia grupal de constituirse en el gueto de los salvados, haciendo de sus creencias algo independiente de un proceso de descubrimiento. En este sentido la ley natural es el instrumento des-mitificador por excelencia. Al insistir en ella mantenemos la posibilidad de ser una Iglesia universal y al perderla comenzamos a hacernos una secta exclusiva.
Ahora noten bien que esta espada es de dos filos. Por un lado puede servir como instrumento crítico hacia prácticas social y económicamente convenientes con respecto a los débiles y los vulnerables, en el caso del aborto, de la eutanasia, los derechos de los inmigrantes, las minorías raciales y demás. O sea, permite el descubrimiento de valores que han de cambiar al grupo que tiene tendencia a rechazar la posibilidad de que tales vulnerables sean parte intrínseca y constitutiva de ello. Por otro lado sirve como crítica interna a doctrinas eclesiásticas que parten de principios apriorísticos y que no corresponden al descubrimiento de lo que es, sino que más bien se niegan a participar de tal descubrimiento, como por ejemplo la enseñanza magisterial vigente acerca de la gente gay.
De cualquier forma, busco demostrar que dentro de la relación entre la salvación y la creación que he esbozado, yace la posibilidad de una comprensión de la ley natural que sea mucho menos propensa a la crítica real que se le hace, o sea que es una sutil defensa apriorística de posiciones doctrinales las cuales nunca se someten a la posibilidad de que a la luz de lo que se descubre en la medida que se desmitifica el mundo, estas mismas posiciones doctrinales sean reveladas como enemigos de la propia ley natural, por ser baluartes sagrados erigidos contra enemigos necesarios para cierta auto-comprensión grupal.
La ley natural convencerá mucho más cuando no sea un instrumento de batalla eclesiástica, sino un proceso de descubrimiento auto-crítico que trae consecuencias para todos, creyentes y no-creyentes al mismo tiempo.
7. Todo esto trae consecuencias para nuestra apreciación de nosotros mismos
Si todo lo dicho anteriormente resulta cierto, vale la pena resaltar una consecuencia en aquella parte objetiva de nuestra vida que es nuestra subjetividad. No hay porque estresarnos para sentir algo “más” acerca de nosotros mismos al decir que somos creados. El entendernos como creados no es la aplicación a nosotros mismos de una descripción deducida de una visión apriorística de “cómo las cosas llegaron a ser” sino el creciente reconocimiento de nosotros mismos como recipientes periféricos en vías de ser traídos a la existencia por una fuerza bondadosa que nos antecede masivamente, y de cuyas intenciones no tenemos que sospechar. O sea, el descubrimiento de la creación hacia la cual estamos en vías de ser salvados nos llega como un profundo relajamiento y paz. No el relajamiento y paz de los que necesitan descansar, sino el relajamiento y paz que van juntos con la sensación de vivacidad que nos viene en la medida en que nos descubrimos partícipes bienvenidos en una aventura sorprendente de horizontes abiertos y de mucha mayor envergadura que aquello que solemos imaginar.
Conclusión
Espero que sea posible ahora vislumbrar por dónde he querido caminar durante este tríptico de charlas sobre la redención. He buscado nutrir un cambio en la percepción por el cual dejamos atrás una “teoría” que “conocemos” y “agarramos”, como condición necesaria para que formemos parte del grupo de los salvados, a quienes se les está salvando “del” mundo. Encuentro que aquella versión de la salvación nos anima a hacer del cristianismo una forma de amenaza moral ineficaz. En vez de esto, he querido dar pistas acerca de cómo sería recibir la salvación como proceso de inducción, abierto por Jesús que se entrega a la muerte a nuestras manos, y que nos conduce a encontrarnos capacitados de vivir el acto creador de Dios a partir de dentro. Y el significado y el sentido de este acto creador siempre están abriéndose ante nosotros. Es mi esperanza que semejante cambio de percepción nos ayudará a desarrollar un sentido más rico y lleno de la vida litúrgica, de la predicación, de la oración y de vida comunitaria que las nociones empobrecidas a las cuales nos hemos acostumbrado. Pues frutos de este tipo serían la verdadera prueba.
